La realidad me acolarra.
No porque me odie, sino porque me reconoce.
El universo movió sus piezas y me mira.
Repica los dedos en la mesa, esperando mi jugada.
Sabiendo que si no actúo, me destruyo.
Pero si actúo, me transformo.
Y ninguna opción me deja intacta.
.
Mi pasado ya no me contiene.
Mi presente ya no me alcanza.
Mi futuro ya me cobra por adelantado.
.
No puedo volver atrás porque ya no soy esa versión mía.
No puedo quedarme quieta porque el tablero entero vibra bajo mis pies.
No puedo avanzar sin quemar algo que amaba.
.
Es la encrucijada donde existir se vuelve un acto creativo.
Donde la conciencia se da cuenta
que pensar ya no basta,
que sentir ya es inminente,
y que mirar ya modificó la realidad.
.
El universo me obliga a convertirme en la persona capaz de sostener lo que pidió mi deseo.
El mueve poco, pero cada gesto suyo inclina el tablero.
Donde pongo mi pieza, él respira distinto.
.
Es una trampa, lo sé.
Parece que espera, pero en realidad calcula.
Y esa estrategia me obliga a renacer.
Su silencio dice más que mil palabras.
No me pregunta si estoy lista.
Frena el reloj y me empuja.
.
Algo en el aire cruje.
Lo fijo se vuelve fragil.
No hay escapatoria silenciosa.
No hay jugada perfecta.
.
Si no muevo, algo cae.
Si muevo, algo muere.
No elegir, también es mover.
El resto, es consecuencia.
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