Zonas erógenas:
Como aquel que apenas es consciente de su propio cuerpo, de sus necesidades animales, ¿cómo cosas tan banales pueden enviar ese tipo de sensaciones? No podía entenderlo; en su mente de muchachito, inocente, todavía no lo comprendía. Y es que, ¿no hay siquiera algún manual? Algo que te especifique cómo debes reaccionar, cómo es el autodescubrimiento; entender que no es del todo correcto retorcerse como cuerda tensa cada que recibía un beso en sus muñecas, un roce en la piel tierna y esponjosa de sus antebrazos... Aquella cercanía, cosas tan convencionales que en su mente, poco a poco, perdían el sentido.
Erógeno. Oír y saborear la palabra se sentía tan... pecaminoso. Como alguien que siempre fue pudoroso, no lo entendía; su mente era como un rectángulo, tan cerrada, tan hermética.
¿Por qué siento tanto placer culposo?
Muñecas: temblando apenas los labios fríos se posan en piel cálida, caliente, ardiente; un solo toque helado envía explosiones tal cual fuegos artificiales.
Vientre: una palma pesada cayendo estrepitosamente, suficiente para hacer retorcer de placer, presionando tanto, tensando el hilo lo suficiente para oírlo romperse, seguido de suspiros y respiración interminables.
Pezones: aliento cálido descansando como una sombra, lo suficiente para tensar y endurecer, haciendo arder la piel como a carne viva, como si pudiera sangrar en cualquier momento.
Antebrazos: apenas un solo roce de dedos envía descargas eléctricas; piel tierna, sensible, escondida... lejos de todo aquel morboso que quiera tocar, oler, pasearse.
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