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    Zona de guerra

    Abr 7, 2024

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    El teléfono del vecino sonó fuerte aquella madrugada y lo hizo pegar un salto del sillón en el que estaba. Al levantarse, todavía dormido y con hambre, se percató de la ventana abierta y se dispuso a cerrarla, no sin antes echarle una ojeada a la calle. Apenas se podía ver a algún peatón circular por la zona confundido y seguramente perdido y las luces de los autos eran solo visibles a una larga distancia. La mayor actividad de la zona era la danza de los arboles, cuyas copas se mecían al ritmo del viento, que cual maestro de orquesta dirigía el espectáculo. El aire, caliente durante el día, era ahora una masa fría y dura transportada por las corrientes que azotaban cada vez más persistentemente el balcón.

       Ensimismado con el paisaje estaba cuando el ruido de las bombas le recordó que se encontraba en zona de guerra, por todos lados los estruendos empezaron a llenar el ambiente y los destellos cambiaron el color de la noche. El sonido de los proyectiles surcando el aire se hacía cada vez más fuerte y frecuente y se confundía con el aullido de los perros y el llanto de algún niño que no podía conciliar el sueño frente a semejante espectáculo. Con el correr de los minutos le pareció que en lugar de decrecer la cosa parecía aumentar y acercarse implacablemente hacia su hogar. Sin embargo, y contrariamente a los animales, él no sentía miedo; como todos los habitantes de la zona ya estaba acostumbrado a la ofensiva que siempre se decretaba para fin de año.

       Era increíble como a pesar de las dificultades económicas atravesadas en los últimos años la gente siguiera acompañando este tipo de iniciativas con más fervor y con más ganas que años anteriores, lo que es más todos los años los vecinos se armaban su arsenal con anticipación y rivalizaban para ver quien era el más fuerte del barrio, llenando la zona de nubes de pólvora. “Cuanta devoción a la patria” pensó con ironía encaramado en el balcón para ver las luces a lo lejos.

       De repente el reloj de la cocina marcó las 00.00 y, después de ver que hasta su vecino de 10 años se sumaba a la contienda, fue corriendo hasta el placar donde guardaba sus camisas, se agachó y agarró los chasquibunes y cañitas voladoras que habían sobrado del año anterior, dispuesto a encender aún más el ambiente.

       Al fin y al cabo era fin de año y no iba a ser el único que se quedara sin tirar


    Jean Valjean

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