Me pudro.
A veces, tan quieta, que los cadáveres me confunden con uno de ellos.
Y yo, con una educación fúnebre, asiento,
les doy la razón con la mandíbula trizada,
y dejo que me abracen como se abraza a un tumor que aún late.
Tengo los ojos llenos de tierra.
Y no tierra noble: barro seco, ese que se mete en las encías,
ese que fue agua y dejó de serlo porque entendió
que nada bueno crece ya.
Me abrieron el pecho con una cuchara de albañil,
me buscaron el alma, y no estaba.
Solo encontraron un bicho masticando recuerdos
como si fueran uñas de un muerto recién llorado.
Mi carne no aprendió a sostenerse.
Cuelga. Cuelga como una bandera de derrota,
como la piel mojada que cae del cuello
cuando el amor se suicida frente al espejo.
Estoy hinchada de mí.
Llena de mí.
Sucia de mí.
Mi cuerpo es una habitación sin ventanas,
y hay una niña sentada en la esquina,
comiéndose los dedos uno por uno
porque el hambre le enseñó
que era mejor dolerse por dentro que mendigar amor afuera.
Quise escribir un poema,
pero se me ahorcó la pluma entre las costillas.
Goteó tinta negra, sí,
pero no eran versos.
Era sangre que no se animó a decir su nombre.
Yo no nací.
Fui expulsada.
Vomitada por una madre que nunca quiso parir dolor con ojos.
Y aquí estoy:
parada sobre los escombros de mi intento de ser.
Y si alguien me pregunta por qué escribo,
le mostraré el hueco entre mis piernas,
no por lujuria,
sino por vacío.
Porque todo lo que he parido son gritos
con forma de poema.
Y aún así, nadie me lee.
Nadie me salva.
Solo la luna, a veces,
me lame la frente con compasión de perro callejero.
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