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YA NO SOMOS UNOS NIÑOS

ramiro#32

Abr 8, 2026

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YA NO SOMOS UNOS NIÑOS
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Llegaron porque tenían hambre y porque querían que sus vidas crezcan como esos muñequitos que los metés en el agua y se expanden. Querían eso, sí.

Habían viajado muchas horas en colectivo y caminado mucho por la ruta. Venían desde muy lejos, de pueblos que se mueven con las estaciones. Llegaron desde muy lejos porque tenían mucha hambre. Venían de lugares donde la única palabra que conocen es violencia. Es el miedo y el tiempo que los ahorca lo que los trajo aquí, a este Buenos Aires que siempre amenaza con tragarte.

Era de noche cuando llegaron a un hotel cerca de Once. Habían dormido muy poco y la espalda les dolía de tanto cargar sus mochilas, que poco tenían. El peso era más metafórico que real, pero ahí estaban, cansados. Tres chicos de dieciocho.


—¿Entonces este es el famoso Obelisco, chango? —dijo uno.

Caminaron mucho hasta encontrar un lugar donde sentarse a comer barato. Un pancho con un vaso de gaseosa fue su cena. Cansados, volvieron al hotel y se durmieron hasta que el sol inundó la pieza.

Estaban tirados, abatidos y con miedo. Porque uno es corajudo la primera noche, pero después cae en cuenta de que tiene que vivir, comer y buscar dónde dormir. La noche dura una noche, y ya no iban a tener un techo con el que cubrirse, donde refugiarse del frío.

Eran las doce y no habían conseguido esos trabajos fáciles de los que se hablaba en el pueblo. “Chango, en Buenos Aires encuentras laburo antes del mediodía. Todo es más fácil”, le decía uno de sus primos, que había escuchado de un amigo que le había contado un conocido.

Los nervios le hacían doler la panza y el hambre empezaba a picar. Ya empezaba a sentir el peso de haber traído a sus amigos, que con mucha fe lo acompañaron y pronto se estamparían contra la realidad.

Ojalá estuviese en casa, pensó. Ojalá estuviese comiendo la tortilla de su mamá mientras tomaba mate cocido. ¿Dónde estaba ese paraiso que le habían prometido? Ese que le iba a quitar el hambre y le iba a dar una linda cama para poder soñar.

—Chango, qué difícil está la cosa —dijo uno de los chicos.

En la voz ya se le notaba la angustia de no saber qué hacer. Se pasaba la mano por la remera transpirada mientras miraba los autos de muchos colores pasar a toda velocidad.

Los tres se tiraron en el pasto. Se recostaron con la mochila de almohada.
Uno se estiró y cerró los ojos; pensaba en la hija chica que había dejado.
Otro recorría con las manos las florecitas que estaban bajo él; tenía ganas de llorar, pero no lo demostraba por miedo a que los otros se burlaran. El otro miraba el cielo, buscando formas en las nubes blancas.

Todo lo que pasó después fue rápido: el miedo, las memorias, los movimientos, los gritos, la no confrontación y la impotencia de no saber qué pasa.

Cuando los golpes cesaron, intentó abrir los ojos, pero vio solo oscuridad. Se movían, y a toda velocidad.

—Eh, changos…
—Eh…

Escuchó quejidos.

—Eh, ¿qué pasa, chango?

Volvió a buscar hasta que todo se volvió dolor y oscuridad.

Se despertó y le tomó varios minutos ubicarse. No sabía dónde estaba. El frío de la pieza le empezó a calar los huesos. Pasaron horas hasta que alguien entró y lo llevaron a una sala.

—¿De dónde son? —le preguntó.
—De muy lejos —respondió—. Venimos desde muy lejos.

Una cachetada.

Él había escuchado sobre esto. Le habían advertido, pero no quiso creer. Ninguno de los tres. “Esas cosas no pasan en un país de libertad”, había dicho, inflando el pecho, orgulloso.

Sentado ahí, mientras decía con toda la sinceridad que eran de otro lugar, uno lejano, que tuvieron que caminar mucho y otras veces viajar en autos o colectivos, nada contentaba al soldado.

Era de noche y estaba de nuevo en el piso. Adolorido, cerró los ojos.

Y pudo ver, por fin, lo que tanto le había costado entender.

Tal vez todo ese camino, lleno de cansacio y mucha hambre, era una forma de darse cuenta de que dejaron de ser unos niños.

Lucas, Nahuel y Tomás.

Y que ya no tenían una forma de enmendar lo que hicieron. Ni volver el tiempo atras.
Y que, por fin, una noche podrían dormir en paz.

El sonido de los autos afuera cesó para darle lugar al interminable sonido de la crueldad.

ramiro

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