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Ya no juego a las escondidas

Iv

Jun 7, 2026

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Ya no juego a las escondidas
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Cuando me despierto los fines de semana no espero a lavarme la cara y sacarme la ropa de dormir, voy directo hasta el comedor y ahí me encuentro a mi mamá y a mi papá, que toman mates con medialunas y a mí siempre me traen una tortita negra o una con dulce de leche. Me gusta sentarme con ellos a desayunar; mientras hablan de números que no entiendo, yo les pido un mate y me dicen que no me va a gustar, que está amargo, pero ellos no saben que yo tengo una técnica para no sentirle tan fuerte el amargor: primero me como una medialuna, que tiene un almíbar dulce, entonces mi paladar ya está dulce por un rato. Por un rato puedo tomar unos mates y seguir escuchando sobre números que no entiendo.

Hoy me levanté correteando hasta el comedor, pero no estaban. Me fijé en el reloj de agujas de la cocina, pero todavía no sé cuál de las agujas marca la hora y cuál los minutos. La maestra esta semana nos enseñó, pero yo no presté atención. Me dijo que para la próxima clase debería llevar cuatro relojes dibujados y me dio cuatro horarios distintos para hacerlo. Todavía no lo hice, pero seguro le pedía ayuda a mi papá en el desayuno. Él siempre me ayudaba con las tareas. Ahora solo podía ver que la chiquita estaba en el 9 y la grande en el 10. Intenté descifrar la hora, pero solo suspiré y me quedé sentada en el comedor; supuse que en algún momento volverían de las compras, me traerían una tortita negra y otra con dulce de leche y me sentaría con ellos a tomar mates.

Escuché la cadena del baño y abrí los ojos muy grandes. Cuando se abrió la puerta lo vi a D., el amigo de mi papá que a veces aparecía por mi casa y se quedaba a dormir porque trabajaban juntos. Él me saludó y me preguntó por qué estaba levantada tan temprano. Yo respondí gesticulando un "no sé" en la cara, sin emitir ningún sonido.

No me gusta quedarme con alguien que no conozco. No sabía que él se había quedado. No quería, eso significaba que iba a haber otra silla en medio de los tres y que además iban a hablar de números que no entiendo y máquinas que no sé para qué sirven, pero que ellos tienen que arreglar.

Mi habitación tiene una ventana que da a la entrada de mi casa, así que decidí encerrarme ahí y mirar por la ventana hasta que volvieran y sorprenderlos atrás de la puerta, pero D. me hizo una propuesta muy difícil de rechazar: me preguntó si quería jugar a las escondidas. Con entusiasmo le dije que sí; además, el tiempo se iba a pasar muy rápido y seguro, hasta que terminemos de jugar, mis papás ya llegaban.

Le dije que podíamos jugar en el patio de adelante o en el fondo, pero me dijo que le parecía más divertido adentro, en la casa. No entendía por qué, si mi casa no era tan grande, pero le dije que estaba bien. D. iba a contar primero y yo a esconderme. Ya tenía pensado mi primer escondite: el baño en desuso. Teníamos un baño al que nadie iba, tenía el inodoro roto, la ducha no funcionaba, había muchas cosas ahí adentro que ni siquiera eran del baño: tachos de pintura, herramientas, sillas. Era el mejor escondite.

Cuando empezó a contar me fui rápido al baño en desuso y me escondí en la ducha, que al menos seguía teniendo una cortina. Me quedé quieta y me tapé la boca. Cuando lo escucho decir mi nombre mi corazón se acelera y pienso "ojalá no me encuentre", pero la luz del baño se prende y escucho cómo corre los tachos de basura, las sillas y patea las herramientas que estaban en el suelo.

Entonces me paralizo y veo una mano que entra por detrás de la cortina, cierro los ojos y sigo con las manos en la boca, pero siento la mano en mis piernas y cómo de a poco sube hasta el abrojo de mi pantalón, que se desabrocha de un fuerte tirón. Me sube mucho calor en la cara y quiero salir corriendo. No entiendo lo que pasa, pero sigo paralizada y de fondo escucho la camioneta de mis papás estacionar. D. también la escuchó, entonces sacó rápido su mano y me dijo: "Te encontré, pero no les digas nada a tus papás".

Por alguna razón me sentí avergonzada, incómoda. No me gustó jugar a las escondidas y ¿por qué no debería decirle a mis papás?, ¿qué no debía decirle?, ¿que jugamos a las escondidas?, ¿que me escondí en un baño que estaba en desuso? ¿O que cuando me encontró me abrió el pantalón?

Dejé de jugar a las escondidas. No me pareció más divertido y solo podía pensar que, capaz, si no hubiera escuchado mi corazón latir, no me hubiera encontrado detrás de la cortina del baño.

Iv

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