Su cuerpo ya no tiene nombre, se deshizo entre toques que no fueron suyos, tan imposibles de reconocer como el mismo dolor de vivir sabiéndose con los restos ajenos de un rostro que no conoce. Lejana, posada ella sobre una línea difusa y pequeñita, ahora ya no puede recordar por el miedo de volver a esos ojos que la acechan en el silencio de su propia carne y le clavan las garras hasta que sangre todo el dolor que le cabe en el alma. Fue infinita en alguna vida, cantó sobre sus pájaros que obedecían sus caricias, y hoy sólo le queda un llanto que nadie oye.
Se envuelve en su piel, se cubre a sí misma. Intenta sanarse, sacar de sus venas cada beso que no le corresponde mantener, borrar de su historia el temblor imparable de la niña que rogaba un abrazo. Quiere romper los espejos, tirar al piso su fuerza, llorar hasta internarse en desastres irreversibles. No quiere salir, no puede, hay miles de ojos que la investigan, hay manos que todavía buscan tocarla, bocas que le relatan un cuento a medias que necesita vomitar.
La lluvia ya le alcanzó el alma y no sabe cómo tapar los agujeros que la dejan inundada de agonía. Le gustaría volver a sentirse ave, pero el agua le pesa en las alas y ahora desea descansar de dolor. Dormir y soñar, ¿quién supo que ahí también sufriría?
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