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¿ Y si el peronismo debe evolucionar hacia el minarquismo?

Abr 20, 2026

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¿ Y si el peronismo debe evolucionar hacia el minarquismo?
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Si el minarquismo es la evolución del peronismo ?

Ignacio Uriel Galetto Rodríguez

I. Una herejía necesaria

En mayo de 1989, Carlos Saúl Menem asumió la presidencia de la Argentina cantando la marcha peronista. Cuatro años después, había privatizado YPF, Entel, Aerolíneas, Gas del Estado, los ferrocarriles, el sistema previsional, la red vial, la Casa de la Moneda y decenas de empresas más. Ningún liberal argentino en toda la historia del país —ni Alberdi, ni Álvaro Alsogaray, ni Federico Pinedo— aplicó un programa económico más cercano al liberalismo clásico que ese peronista de La Rioja. Y lo hizo sin romper el partido. Cuarenta años de sindicalismo combativo, tres décadas de resistencia peronista, un movimiento nacido bajo el lema de la justicia social estatista, y Menem desmanteló el Estado productor sin que el peronismo como tal implosionara.

La pregunta que abre este ensayo es incómoda para todos: ¿fue Menem una anomalía del peronismo, o fue su momento de mayor lucidez?

La tesis que voy a defender, al precio de escandalizar simultáneamente a ortodoxos de los dos bandos, es la siguiente: el peronismo nunca fue una doctrina económica coherente. Fue, es y probablemente seguirá siendo un movimiento de poder con una extraordinaria capacidad de adaptación pragmática. Y esa pulsión pragmática, llevada hasta sus últimas consecuencias, liberada de la mística estatista que la justifica ante su propia militancia, desemboca con lógica implacable en un liberalismo radical. El minarquismo como destino final —no traicionado, sino maduro— de un movimiento que entendió, golpe tras golpe, que el Estado que prometió justicia no supo darla.

No se trata de decir que Perón era minarquista en secreto. Sería un absurdo histórico y una ofensa intelectual. Se trata de algo más sutil y, por eso mismo, más radical: sostengo que cuando el peronismo se vio obligado a administrar la economía real —no a militarla, no a mitificarla, sino a administrarla— siempre terminó aplicando recetas de derecha económica. Y que el electorado peronista, a lo largo de ochenta años, validó una y otra vez esas recetas en las urnas, aunque el relato oficial prefiera olvidarlas.

Voy a defender esta tesis con un recorrido histórico en siete hitos. Después voy a anticipar la objeción más fuerte y responderla. Y al final voy a intentar algo que suena todavía más osado: explicar por qué un peronista honesto en el siglo XXI debería ser, si tomara en serio la promesa original de su movimiento, un minarquista.

II. Siete veces que el peronismo miró a la derecha

1. El Perón tardío y el disciplinamiento de la izquierda (1973-1974)

El Perón que vuelve a la Argentina en 1973 no es el del 45. Vuelve viejo, enfermo, y sobre todo consciente de que los treinta años de exilio le habían enseñado algo que su juventud militar no le permitía ver: que la economía no se gobierna con consignas. El Pacto Social firmado en junio de 1973 entre la CGT, la Confederación General Económica y el gobierno buscaba frenar la inflación congelando precios y salarios a cambio de estabilidad macroeconómica. Era corporativismo, sí, pero corporativismo ordenador, no revolucionario.

El quiebre llega el 1° de mayo de 1974. Perón, desde los balcones de Plaza de Mayo, expulsa a Montoneros con aquella frase que vale por un programa: "estúpidos imberbes que aplauden". No es un exabrupto. Es una definición política. Perón elige el orden sobre la revolución, elige a los sindicatos ortodoxos sobre la juventud maravillosa, elige al empresariado nacional sobre la vanguardia armada. Muere dos meses después, pero deja instalado un dato doctrinario enorme: el peronismo, cuando gobierna en serio, puede —y debe— disciplinar a su propia izquierda.

2. El Rodrigazo: la primera ortodoxia (junio de 1975)

Esto es lo que la mitología peronista prefiere olvidar. El 4 de junio de 1975, con Isabel Perón en la Casa Rosada, el ministro de Economía Celestino Rodrigo anuncia un paquete que cualquier lector desprevenido ubicaría naturalmente en los años noventa de Menem o en los tempranos 2024 de Milei: una devaluación del 160% en el tipo de cambio oficial, alzas generalizadas de tarifas, suba de las tasas de interés y una política de contención salarial. Los combustibles aumentaron 180%, la electricidad 75%, el transporte 70%, con liberalización del resto de los precios y un tope salarial del 45%.

Es, técnicamente, el primer plan de shock ortodoxo de la Argentina moderna. Y lo ejecuta un gobierno peronista, con un presidente peronista, bajo la estructura del Partido Justicialista, con la marcha peronista sonando de fondo. El ideólogo del plan, Ricardo Zinn, es considerado por muchos economistas "el padre del neoliberalismo argentino". Fracasó —la inflación se disparó al 335% anual— pero el fracaso es lo de menos para nuestro argumento. Lo importante es el precedente doctrinario: cuando la caja estatal no cierra, el peronismo ajusta. No lo hace con placer, no lo hace con convicción teórica, pero lo hace. Porque gobernar un Estado en bancarrota no deja otra opción, y el peronismo —a diferencia de sus militantes— entiende de gobiernos reales.

3. Menem: la cesión total (1989-1999)

Este es el capítulo que rompe para siempre la tesis de la "identidad económica peronista". No hay manera de sostener, después de 1990, que el peronismo tenga una doctrina económica estatista inmutable.

Menem asume en julio de 1989 con la hiperinflación comiéndose al país. En agosto, apenas un mes después, el Congreso sanciona la Ley 23.696, conocida como Ley de Reforma del Estado, impulsada por el propio Partido Justicialista y apoyada por la UCeDé de Álvaro Alsogaray. La misma UCeDé que había sido el enemigo histórico del peronismo. Alsogaray, que durante décadas fue caricaturizado por la liturgia peronista como el liberal entreguista, termina aplaudiendo al peronismo gobernante. Su lema —"achicar el Estado es agrandar la Nación"— se convierte en política pública de un presidente justicialista.

La lista es demoledora. Entre 1990 y 1999 se privatizaron, liquidaron o disolvieron, entre otras: YPF, Aerolíneas Argentinas, SOMISA, Ferrocarriles Argentinos, Tandanor, ENTEL, Obras Sanitarias de la Nación, SEGBA, Gas del Estado, Altos Hornos Zapla, las redes viales, fábricas militares y hasta el hotel Llao Llao. También el correo, los canales televisivos, Subterráneos de Buenos Aires, la Casa de la Moneda, los aeropuertos, la Caja Nacional de Ahorro y Seguro. El programa privatizador le reportó al Estado cerca de 18.000 millones de dólares entre 1990 y 1994.

Paralelamente, Menem firma la convertibilidad con Cavallo —un economista formado en la Fundación Mediterránea, un liberal clásico por formación—, dolariza de facto la economía, firma tratados bilaterales de inversión, ingresa a la OCDE, se alinea explícitamente con Estados Unidos (las famosas "relaciones carnales"), indulta a los militares de la dictadura y reforma la Constitución.

La pregunta relevante no es si ese programa fue bueno o malo —hay debate legítimo y serio al respecto—, sino esta otra: ¿cómo fue posible que lo aplicara un peronista sin romper el peronismo? La respuesta solo puede ser una. Porque el peronismo, en su núcleo, no era ni es una doctrina económica rígida. Es un movimiento pragmático de poder que se adapta a lo que la realidad le impone. Cuando la caja del Estado desarrollista no dio más, el peronismo liquidó el Estado desarrollista. Y la militancia, salvo excepciones, lo siguió votando.

4. Duhalde: la pesificación asimétrica (2002)

Menos recordado, pero doctrinariamente crucial. En plena salida del colapso de 2001-2002, Duhalde aplica la pesificación asimétrica: los depósitos bancarios en dólares se devuelven en pesos a un tipo de cambio inferior al de mercado, mientras que las deudas en dólares se convierten a pesos a uno por uno. Es una de las transferencias de ingresos más grandes de la historia argentina reciente, del ahorrista al deudor, del pequeño inversor al gran productor endeudado en moneda dura.

Se presenta como emergencia nacional. Pero estructuralmente es una política de derecha económica pura: se licua el pasivo de las empresas endeudadas a costa del ahorro privado. Es, de hecho, exactamente lo contrario de lo que el relato peronista pregona —proteger al pequeño contra el poderoso—. Y, otra vez, se hace bajo bandera justicialista.

5. Kirchnerismo: la contradicción bajo la superficie (2003-2015)

Aquí la tesis se pone interesante porque el kirchnerismo reinstaura un relato estatista fuerte, y cualquier lector atento podría objetar: "acá se rompió la tendencia". Pero cuidado. Miremos los hechos, no el relato.

Néstor Kirchner asume en 2003 y convive tranquilamente con Repsol explotando YPF hasta 2012 —nueve años de su gobierno y de la primera presidencia de Cristina antes de la reestatización—. En 2005 paga la deuda al FMI de contado, una operación de 9.500 millones de dólares que es, técnicamente, una decisión de derecha ortodoxa: liberarse del acreedor multilateral. Durante el primer Kirchner hay superávit fiscal y superávit comercial de forma sostenida, una anomalía en la historia argentina que se logró con disciplina fiscal real, no con retórica. El ajuste kirchnerista del primer período existe; lo que no existió fue quien lo nombrara.

Es cierto que después, especialmente a partir de 2008 con el conflicto del campo y las estatizaciones de Aerolíneas, AFJP e YPF, el kirchnerismo gira al intervencionismo. Pero ese giro no es peronismo administrador, es peronismo militante. Y el resultado es conocido: inflación creciente, controles cambiarios, pérdida de reservas, y una entrega final al electorado de un país otra vez en crisis. El peronismo militante pierde en 2015. El peronismo administrador había funcionado entre 2003 y 2007.

6. Massa, ministro de Economía (2022-2023)

Sergio Massa es peronista por excelencia y por trayectoria. Y en su paso por el Ministerio de Economía entre 2022 y 2023 aplicó, sin rubor, un menú que ningún economista clasificaría como de izquierda: negociación con el FMI, suba de tasas, devaluaciones por goteo, creación de múltiples tipos de cambio (dólar soja, dólar turista, dólar Qatar, dólar ahorro), ajuste fiscal camuflado en subejecución presupuestaria. Ortodoxia disfrazada de heterodoxia por necesidad política interna, pero ortodoxia al fin.

El peronismo, otra vez, haciendo lo que tiene que hacer cuando gobierna una economía real. Massa perdió el balotaje, pero no por "peronista": perdió porque la gente ya no le creía ni al relato kirchnerista del Estado que todo lo puede ni al pragmatismo massista sin convicciones visibles.

7. La migración del voto: el pueblo peronista vota para demoler el Estado peronista (2023)

Aquí está, a mi juicio, el dato que cierra el arco y lo vuelve irrefutable.

En el balotaje del 19 de noviembre de 2023, Javier Milei ganó con el 55,65% de los votos contra el 44,35% de Massa, imponiéndose en 20 de las 24 jurisdicciones. El dato clave: en la propia provincia de Buenos Aires, bastión peronista histórico, Milei obtuvo el 49,25% contra el 50,74% de Massa, quedando a solo 141.772 votos de diferencia. Ganó Escobar, Pilar, San Miguel, San Isidro, Vicente López, San Fernando, Tigre (el distrito del propio Massa) y Morón.

¿De dónde salieron esos votos? No solo de los históricamente macristas. Una parte significativa vino del conurbano no kirchnerista, del pequeño comerciante, del changarín, del trabajador informal, del universitario de primera generación, del inmigrante latinoamericano: el electorado que históricamente fue la base social del peronismo popular. Ese electorado no leyó a Rothbard ni a Hayek. No sabe qué es la Escuela Austríaca. Simplemente llegó a una conclusión empírica después de cuatro décadas: el Estado peronista que le prometía dignidad no se la estaba dando. Le daba planes, le daba inflación, le daba inseguridad, le daba un cepo que no le dejaba comprar un dólar.

Y entonces hizo algo profundamente peronista: cambió de medio para conservar el fin. El fin —vivir mejor, tener trabajo, poder ahorrar, que los hijos progresen— sigue siendo el mismo que prometió Perón en 1945. El medio —un Estado interventor gigantesco— lo descartó porque no funcionaba. Eso es pragmatismo peronista puro, aunque al peronismo dirigente le duela reconocerlo.

III. La objeción más fuerte, y su respuesta

Un lector inteligente podría contestarme, con razón, lo siguiente: "Tu recorrido es selectivo. Omitís que el peronismo también se acercó muchas veces a la izquierda: Cámpora en el 73, la Tendencia Revolucionaria, el kirchnerismo post-2008, los movimientos sociales. Si el peronismo viró a la derecha varias veces y a la izquierda otras tantas, lo único que demostrás es que no tiene doctrina, no que evolucione hacia el minarquismo."

La objeción es seria y no la voy a esquivar. Es cierto que el peronismo giró a la izquierda repetidamente. Pero hay una distinción fundamental que permite sostener la tesis: los giros a la izquierda fueron siempre reactivos, y los giros a la derecha fueron siempre constructivos.

Cámpora dura 49 días. La Tendencia Revolucionaria es expulsada por el propio Perón. El kirchnerismo de izquierda dura del 2008 al 2015 y termina con la peor derrota electoral del peronismo unido hasta ese momento. Los movimientos sociales nunca alcanzaron conducción del movimiento. La izquierda peronista aparece cuando el peronismo está en la oposición, cuando milita, cuando pelea contra un enemigo externo (la dictadura, Macri, "los cuatro poderes", el FMI como símbolo).

En cambio, cuando el peronismo administra —cuando tiene que pagar sueldos, contener la inflación, negociar con el FMI real, no con el FMI simbólico— gira a la derecha económica. Perón tardío negocia con el empresariado. Isabel ajusta con Rodrigo. Menem privatiza. Duhalde pesifica asimétricamente. Kirchner paga al Fondo y tiene superávit. Massa devalúa y crea dólares múltiples. La pauta es visible.

Y la conclusión incómoda es esta: el peronismo militante sueña con la izquierda, pero el peronismo que gobierna en serio termina, tarde o temprano, haciendo lo que haría un gobierno de derecha económica. Si uno acepta que gobernar importa más que militar —y el peronismo, que se define como un movimiento con vocación de poder, debería aceptarlo—, entonces la dirección histórica del movimiento es inequívoca.

IV. El argumento filosófico: por qué el minarquismo sería la conclusión lógica

Llegamos al punto más delicado. Porque una cosa es mostrar que el peronismo, cuando administra, aplica políticas de derecha económica. Otra, mucho más fuerte, es afirmar que el minarquismo sería su evolución natural. Acá va el argumento.

El peronismo original, el de 1945, hizo una promesa concreta al trabajador argentino: dignidad a través del Estado. Vivienda, salud, educación, trabajo, jubilación, vacaciones pagas. El Estado como gran distribuidor de una riqueza que se producía en abundancia en la Argentina agroexportadora de posguerra. Era, en su momento, una promesa plausible. Argentina era rica, el mundo necesitaba sus alimentos, el peso valía, y un Estado fuerte podía canalizar esa prosperidad hacia el trabajador.

Ochenta años después, el resultado está a la vista. El Estado argentino produce, con regularidad, pobreza estructural que oscila entre el 30 y el 40%. Inflación crónica que en algunos años se come la mitad del poder adquisitivo. Una clase política profesional enquistada que vive del presupuesto público. Un sistema previsional quebrado. Una educación pública en decadencia. Una salud pública colapsada. Infraestructura que se cae a pedazos.

Ahora viene la pregunta honesta que un peronista del siglo XXI tendría que hacerse: si el peronismo es, como se define a sí mismo, "lo que el pueblo quiere" y "lo que funciona", entonces el peronismo intelectualmente honesto del siglo XXI debería concluir que el Estado grande traicionó la promesa original. No por mala fe —aunque también la haya habido— sino por imposibilidad estructural. Los Estados grandes, capturados por intereses corporativos y burocracias inamovibles, no pueden cumplir la promesa de justicia social. Lo que producen, en la realidad empírica que cualquier argentino padece, es lo contrario: pobreza, inflación, privilegios para los bien conectados y precariedad para los demás.

La vía para recuperar la dignidad del trabajador argentino —el objetivo original de Perón— no pasaría, en esta lectura, por fortalecer al Estado que falló, sino por reducirlo al mínimo indispensable. Un Estado que garantice justicia, seguridad, educación básica, defensa y el cumplimiento de los contratos. Nada más. El resto —la actividad económica, la iniciativa, la organización social, la producción— quedaría en manos del trabajador libre, que es precisamente lo que Perón decía querer en 1945.

El minarquismo, leído así, no traiciona a Perón. Traiciona al peronismo burocrático, al peronismo sindical cómplice, al peronismo del plan social eterno, al peronismo de la patria contratista. Pero honra al Perón que prometió dignidad al trabajador, porque es el único camino aritméticamente posible para que esa dignidad se concrete en 2026 en un país quebrado.

Esta es la tesis filosófica: el peronismo como promesa de justicia social es un fin permanente; el peronismo como estatismo es un medio coyuntural que ya demostró no funcionar. Separar el fin del medio —defender el primero, descartar el segundo— es la operación intelectual que un peronista maduro del siglo XXI debería hacer. Y el nombre de esa operación, guste o no, es minarquismo.

V. Lo que esta tesis no dice

Conviene aclarar, antes del cierre, qué no estoy afirmando.

No estoy afirmando que Menem haya sido un buen presidente. Su legado tiene costos reales que no cabe minimizar, desde la concentración económica hasta la corrupción estructural, pasando por la destrucción de capacidades productivas del Estado que podrían haber sido útiles. El menemismo como fenómeno político es analíticamente valioso para esta tesis, pero eso no lo convierte en modelo moral.

No estoy afirmando que el peronismo sea, de hecho, minarquista. Afirmo algo más débil y más preciso: que si el peronismo tomara en serio su propia promesa fundacional en el contexto económico e institucional del siglo XXI, el minarquismo sería la conclusión lógica de ese ejercicio. Que lo haga o no es otra cuestión, que depende de la calidad intelectual de su dirigencia, de las presiones corporativas que enfrenta, y de la capacidad de sus votantes de exigirle coherencia.

No estoy afirmando que el minarquismo sea la única salida para la Argentina. Afirmo que es la salida que más fielmente honra la promesa peronista original —dignidad para el trabajador— en un contexto donde el Estado grande demostró ser incapaz de cumplirla. Alguien podría proponer otras salidas; mi argumento sostiene que esas otras salidas son más infieles al Perón histórico que el minarquismo.

Y no estoy afirmando que los peronistas vayan a abrazar esta tesis. La mayoría la va a rechazar con indignación, y eso es legítimo. Lo que sí sostengo es que ya no pueden seguir sosteniendo, con datos en la mano, que el peronismo sea doctrinariamente estatista. Ochenta años de historia real, y particularmente los últimos treinta, lo desmienten. Si el peronismo no es doctrinariamente estatista, entonces la puerta hacia otras doctrinas económicas —incluido el minarquismo— está abierta. Solo hace falta que alguien, desde adentro o desde afuera del movimiento, se atreva a caminarla.

VI. Cierre

Menem cantó la marcha peronista mientras privatizaba YPF. Kirchner pagó al Fondo de contado. Massa creó el dólar soja. Y el votante del conurbano, cansado de esperar una dignidad que nunca llegaba, votó a Milei en 2023.

Cada uno de esos hechos, tomado en aislado, es una anécdota. Juntos, son un patrón. Y el patrón dice que el peronismo, cuando mira la realidad económica sin los anteojos de su propia mitología, gira a la derecha. No por traición. Por pragmatismo. Porque el peronismo, antes que una doctrina, es una voluntad de poder al servicio de una promesa: que el trabajador argentino viva bien.

Si esa promesa se cumple mejor con un Estado mínimo que con un Estado grande —y la evidencia acumulada de ocho décadas sugiere que sí—, entonces el peronismo maduro del siglo XXI debería ser minarquista. No porque reniegue de Perón, sino porque lo toma en serio.

La frase que da título a este ensayo es, lo admito, una provocación. Pero las provocaciones valen cuando abren una conversación que sin ellas no se tendría. Y la conversación que la Argentina necesita tener, urgente, es sobre qué fue realmente el peronismo, qué es hoy, y hacia dónde podría ir si se animara a pensarse a sí mismo con honestidad.

Mientras tanto, en los balcones vacíos de Plaza de Mayo, la marcha sigue sonando. Pero el pueblo que la cantaba hace ochenta años ya no está seguro de que el Estado que ella canta sea el que le va a devolver la dignidad que perdió.

Tal vez, después de todo, haya que escuchar al pueblo. Es lo más peronista que uno puede hacer.

Este ensayo forma parte del reto 4 dias 4 ensayos

20 de abril de 2026 - Betanzos - A coruña - España

Ignacio Uriel Galetto Rodriguez

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