Un diálogo entre el alma y Dios
I. El clamor
Alma:
No soy merecedor de tal angustia.
Corredor de carreras, la luna me va a alcanzar, la noche se acerca.
Dolor de madrugador, murciélago vuelo por las calles tristes,
¿O triste yo? No sé, pero no soy merecedor.
Dios:
No fanfarronees.
Viste y no interviniste, escuchaste y mentiste.
Merecedor eres.
Tú no has de preocupar, la llegada de mi solución es pronta
y sin la puerta tocar.
II. La queja
Alma:
La espera me agota, divino.
¿Por qué no bajas a mirar con ojos de mortal?
¿Cómo, sin dolor sentir, tú serás capaz de mi corazón tocar?
Dios:
Hombre, tú, hombre sangrante,
ya sosega tus llantos desesperados.
Por lo que tú compras, ya has pagado,
y por lo que lloras tú, ya han llorado.
Por viajar tan lejos, tu boleto a casa será más caro.
III. El grito
Alma:
Dolor, ¿dónde estás?
Amor, si eres tú, responde ya.
Mis lágrimas de sangre, por todo mi cuerpo se vertirán.
Yo subiré contigo, y ahí vamos a hablar.
Divino, baja ya.
Dios:
Amado mío,
el dolor está conmigo.
El amor se esconde tras tu castigo.
Sé paciente. Sé que ver no puedes,
pero endurece tu piel y abre tus oídos:
escucharás mis verdades más claras
y resistirás las pruebas arduas.
IV. La entrega
Alma:
Si tú no pronuncias la mentira,
si tú procuras la verdad,
mis oídos fríos han de escuchar.
Ciego seguiré tu sonido,
a pie, de pie o de rodillas.
Si tu amor es verdadero,
verdadera será mi fe en ti.
Dios:
Si algún día pierdes sentido,
mira al sol,
cierra los ojos,
y sigue mi sonido.
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