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    y sé muy bien que no estarás

    ramiro

    May 29, 2024

    y sé muy bien que no estarás
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    Las calles, brillando con el rocío que se aferra al anochecer, relucen bajo las luces fluorescentes del centro, como arterias de una ciudad que promete no descansar. Estas luces no solo iluminan esas calles húmedas sino también los rostros que se pasean a mi lado, vidas que invitan a mi curiosa mente a imaginar cientos de historias y escenarios que reflejan mi deseo de vivir y dejar de ser el espectador. «¿Dónde estará mi vida? ¿Dónde? Se fue para no volver». Escucho murmullos, los sonidos de los vehículos, esos pasos rápidos que demuestran que las agujas del reloj no esperan y lo rápido que pasa todo al lado de alguien que sigue estancado en el pasado, y risas, escucho muchas risas, y trato de enfocarme en los sonidos para seguir imaginando historias y que mi caminata sea más amena, pero eso me dura poco. Ese sentimiento de angustia y soledad se me cuela en los huesos y me acompaña en silencio. Hay días en los que estos sentimientos se recuestan sobre mi pecho, pero no como intrusos sino como viejos amigos que no supe dejar atrás, y no puedo evitar pensar en el día que decidí irme de tu lado.

    Aquella escena final, la última de tantas que viví en mis pesadillas, en la que opté por el camino de los cobardes, de los que evitan la confrontación: mandar un mensaje de texto. Un mensaje largo y directo, cruel por su misma necesidad. Me acuerdo perfectamente de lo que escribí y de cómo te pedía disculpas por no ser lo suficientemente bueno para que me amaras. Me acuerdo de llorar y sentirme estúpido, débil, mientras te decía adiós en palabras que en unas horas leerías. Era el final. Desde muy niño le tenía terror a las despedidas, a esos finales que resquebrajan y te quitan un pedacito de tu alma, hasta que una curandera de mi pueblo me enseñó que hay momentos en los que los adioses son necesarios para poder seguir adelante y florecer. «Entregue esas angustias, mijo. Aprenda a soltar para que estas se vuelvan cenizas y se conviertan en flores», me decía la vieja.

    Los domingos, esos días de tregua para algunos y de guerra para otros, me visitan la nostalgia y me encuentro recordando aquel fragmento del poema «El futuro», de Cortázar, que dice: «No estarás para nada / no serás ni recuerdo / y cuando piense en ti / pensaré un pensamiento / que oscuramente / trata de acordarse de ti». Es extraño cómo me despedí, pero dos años después sigo en duelo por algo que aún vive en mí, como un ánima que se resiste a descansar. Mientras yo lidiaba con la muerte y dolores de una amistad y un amor no correspondido, simplemente aceptaste que terminó y seguiste, indiferente, como si nunca hubiéramos caminado juntos por el mismo camino de tierra.

    Hoy camino solo por una avenida, esquivando personas que se toman de las manos, van abrazadas y proyectan una felicidad que me es ajena. Después estoy yo, que arrastra sus pies, cansado, débil por el hambre de esperar. Y sé muy bien que no vendrás, mi querido amigo. Sé que no volverás, y yo seguiré cargando con aquellas viejas historias mientras vos sigues armando otras nuevas. Los lugares que visitamos ya no existen y aquellas canciones que te dediqué siguen sonando, esperando ser escuchadas por alguien que ya no volvió. Y hoy sigo esperándote, guardando esperanza porque soy ese niño que le encanta soñar con el regreso de aquellas cosas que un día maté y vi morir.

    Hay días en los que tu fantasma se marcha por unas horas y regresa cuando el sonido del silencio llena mi hogar, como un intruso que no supe expulsar. Aprendí a lidiar con tu ausencia y a hacer tregua con tu espectro. Cada domingo, como si fueran rosas sobre nuestras tumbas, escribo poemas y le recito al viento, rogándole que escuches estos lamentos que súplica dejar todo atrás. Y aprendí a aceptar que ya no estás y no volverás. Así que, ya camino despacito, hambriento y herido pero consciente de que merezco un amor bonito.

    Y te agradezco, porque cuando estoy triste los domingos, en mi misa donde solía pensar en vos, me gusta imaginar y manifestar mientras rezo a Dios la siguiente escena: es domingo de primavera y la angustia es cosa del pasado. Estoy sentado en el patio de mi casa, rodeado de un gran jardín con muchas flores y hay un aroma de té de hierbas y eucalipto. Y está alguien a mi lado que no puedo ver su rostro pero tiene una voz dulce, que me recita versos de amor. Y sé que me quiere. Y yo lo quiero. Y él está ahí porque ya no estás, porque llenaré el vacío que dejaste con un amor que no sabrá de despedidas ni de mensajes finales.

    ramiro

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