Yo… jamás pensé que cesaría mi amor por el.
Jamás imaginé que mis días transcurrirían
lejos de aquellos brazos
que antes me brindaban abrigo y quietud,
como si en ellos reposara mi hogar.
Nunca creí que mis manos
dejarían de aferrarse a las de el,
ni que mi corazón renunciaría
a ese amor que me ofrecía…
siempre incompleto, siempre a medias.
Mas hoy que contemplo con otros ojos,
ojos que la desdicha ha despertado.
Y veo, con amarga claridad,
cómo busca en otras mujeres
la atención que antaño juraba darme.
Y sabé qué
Se lo agradezco.
Pues jamás hubiera hallado la fuerza
para abandonar su lado
de no ser por su propia traición.
Fue quien me obligó a marchar,
y quizá, sin tal herida,
yo habría perecido de amor en su sombra.
¡Cuán cruel era el engaño!
Me miraba a los ojos
mientras sus deseos vagaban por otros cuerpos.
Me entrelazaba entre sus brazos,
me hacía reír,
me robaba suspiros con cosquillas y caricias,
y sus labios pronunciaban aquel dulce
—“Te amo”—.
¡qué bella mentira!
Mientras juntos contemplábamos historias
que nos hacían reír y suspirar,
mientras celebrábamos cada escena
como niños que descubren maravillas,
El ya me traicionaba en silencio.
Y yo…
ciega por el amor,
permanecí.
Permanecí en un sitio
que jamás fue mi morada,
en un corazón
que jamás fue mi refugio.
Es hipócrita
y sus palabras son dagas dulces:
cada sílaba que brotaba de su boca
Era un juramento falso.
Decía extrañarme
mientras sus ojos deseaban otros cuerpos.
Decía no poder dejarme ir
mientras sus manos buscaban otras pieles.
Y por ello lo odio.
Lo odio por herir
a la mujer que le ofreció lealtad,
a la mujer que le entregó
un amor que jamás volverá a encontrar.
Hoy ya no lo miro con ternura.
No niego que en ocasiones
la memoria traiga de vuelta ciertos instantes,
y que mi pecho los extrañe…
mas entonces mi mente me conduce
al salón donde fui humillada.
A las noches
en que lloré mares por sus engaños.
Esto lo sembró en mí
el miedo de volver a amar.
Dicen los sabios de antaño:
“El hombre cambia por la mujer que ama.”
Y hoy comprendo, con dolor sereno,
que jamás fui esa mujer.
Ni siquiera bastó mi partida:
pues apenas una semana después
ya sus labios reposaban en otros labios,
y sus manos sostenían otras manos.
Mientras tanto, los míos…
solo sabían pronunciar su nombre
con amargura.
No deseo volver a verlo jamás.
Ni saber de su existencia.
Dentro de unos días se cumplirán dos meses desde nuestra separación,
y le confieso, con una paz que jamás conocí:
ha sido los dos meses más sereno de mi vida.
Sé bien que nunca me habría dado
el amor que merezco.
Y esto el lo pronunció una vez:
que no poseía las herramientas
para hacerme feliz.
Al menos, en eso, fue honesto.
Y sí… me equivoqué también,
con celos y temores.
Mas aun así,
jamás merecí su crueldad.
Le entregué mi cuerpo,
mi alma
y la más pura versión de mí misma.
Y recibí a cambio
hipocresía.
Mas ahora estoy sanando.
Y cada día,
el sentimiento se desvanece un poco más.
Algún día seré feliz
de no recordar su nombre,
de saber que no habita
ni siquiera los rincones más oscuros de mi corazón.
Pero algo si aprendí.
Aprendí, a como quiero ser amada
Y comprendí entonces
que jamás me amará asi.
Yo merezco el mundo entero,
mas agradezco que no sea el
quien me lo entregue.
Porque no merece
más oportunidades de las que ya le concedí.
Y si mi alma sana,
será para no volver jamás.
Mi yo del pasado estaría orgullosa
de saber que he logrado superarme
en tan solo un mes.
Dos años y medio
lloré océanos…
y ahora mi corazón entiende
que no merece derramar
ni una sola lágrima más.
Dolió…
porque mi niña interior
rogó a Dios durante dos años
Que se quedará.
Mas de mil maneras
el destino me demostró
que no.
Ahora solo deseo aprender
a ser feliz sin su presencia,
porque ahora me gusta más el echo
De habitar en su ausencia.
Sin nadie.
Solo yo
y mis libros.
Así que gracias…
sí, gracias por marcharte.
Gracias por mostrarme
que no valias la pena.
Y, más importante aún,
gracias por enseñarme
cómo deseo ser amada.
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