Fui el dueño de un reino hecho de luz.
Existió un tiempo
en el que mis manos
sostenían la certeza,
donde cada mañana
amanecía con la promesa
intacta del gozo
y la dicha no era un milagro lejano,
era la textura cotidiana de los días.
Gocé del peso dulce de tenerlo todo,
sonrisas sin grietas,
el refugio contra la tormenta,
el fuego que ardía
en el centro exacto del pecho.
Hoy, las manos me pesan
por la forma de lo que falta.
Un viento repentino
desmanteló el horizonte,
y lo que antes era un hogar
lleno de voces
se convirtió en un desierto vasto,
lejano y en silencio.
Me convertí en un caminante sin rumbo
que arrastra la sombra de una abundancia difunta.
Divago entre escombros de lo que fui.
Llevo los bolsillos llenos
de memorias que queman,
de monedas de un país
que ya no existe.
A ratos, la noche
se vuelve demasiado densa
y me pregunto
¿cómo es posible sentir tanta nada
habiendo conocido el universo entero?
Pero en esta herida,
en este vagar con el corazón descalzo,
sé que sigo nombrando lo que amé.
Pago la condena de haber tocado el cielo
y la extraña poesía de saber que,
aún en la pérdida absoluta,
fui capaz de la más pura felicidad.
Sigo vagando.
No porque sepa a dónde voy,
sino porque el aire helado del camino
me recuerda que quien perdió todo,
al menos, tuvo el valor de poseerlo.
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