La pelota paró. Y el tiempo también.
Parecía ayer desde que estábamos jugando. Las piernas seguían por impulso, indolentes, anestesiadas. Iban y venían por la banda, por el centro. Trabadas. Levantando césped por el aire, y algún que otro raspón. Alguna que otra amarilla.
Y las pelotas no entraban. Ninguna. Al principio, no podíamos salir del fondo. Todos abroquelados, mostrando los dientes. Arañando con locura la supervivencia. Mordiendo cada segundo del empate como si fuera un logro. No era lo que queríamos, pero era donde estábamos. Y debíamos ser realistas, no había duda que el partido era el que se nos puso enfrente. Pasa mucho, del dicho al hecho, dicen, hay un largo trecho. Bueno, para nosotros era un tirón interminable. Una diferencia abismal. Todos rotos, y con uno menos ya al final del segundo tiempo, la poca esperanza se había transformado en escudo. Trascendencia. Perdurar en el tiempo y espacio hasta que llegaran los penales. Ese era el manotazo final. Pero no llegó. Y los últimos veinte minutos fueron un derrotero de emociones. Empuje, retroceso, golpe y contra golpe. Nervios, histeria, remates fallidos, pelotazos.
Pitido y desolación.
Incredulidad. Bronca. Caída libre a la realidad del festejo ajeno. Del dolor propio. El inevitable llanto. Algunos saludos protocolares, otros abrazos sentidos. Mucha herida abierta, tajos compartidos. Mentes cansadas, pechos apretados. Hombros pesados. Insoportablemente pesados. Era el fin. Y, definitivamente, no el que queríamos.
Pero, como ya sabemos, el terreno de la fantasía poca coincidencia suele tener con el de la realidad. Usualmente se esquivan el saludo. Se miran de reojo. Y siguen, cada una por su lado, ignorándonos completamente. Poco importamos en este punto y solo queríamos desaparecer. Irnos al vestuario y enterrarnos lejos de esa pesadilla. Pero no íbamos a hacer algo que no creíamos. Nunca agachamos la cabeza y mucho menos ahora. No sería creíble, no seríamos nosotros. Así que caminamos una hora más de protocolos hasta que llegó el momento de irse. Pero no fue fácil levantar la cabeza y ver, a simple vista, que nuevamente nos habíamos equivocado. Preparamos una retirada silenciosa y un estadio lleno nos aplastó con su canto. Su aliento nos oprimió aún más el pecho hasta terminar de descomprimirlo. Fue una locura. Despertados del letargo. Ese cachetazo de cariño incondicional, gratuito, efervescente, nos levantó los ojos hasta el límite visual más extendido posible. Nos abrió los oídos hasta el borde más marginal de la audición. Nos hizo sentir pequeños y a la vez enormes. Para todos ellos, éramos todo. Lo más grande que había. Y para nosotros, ellos eran lo único. Por lo que dábamos la vida.
Entendimos que ya nada sería igual. Porque nos dimos cuenta de que lo que hablábamos con seguridad era ya una afirmación. Una realidad irrefutable. Realmente nos aman. No importa qué se diga o qué no se diga. Cuántos hablen y cuántos hagan silencio. Ellos son todo menos silenciosos. Y con una convicción feroz, se hacen escuchar. Son puro estruendo. Y así fue que terminamos de abrir nuestro corazón. Porque, al final, las victorias son para quién se celebra. Y las derrotas se transitan con quien nos apoyan. Rara vez ambas se juntan. Entonces cuando sucede, cuando todos somos una mezcla extraña de la misma cosa, nos vemos cortados por la misma tijera. Ahí nos sentimos correspondidos. Y con la frente en alto y el pecho algo más ligero, corremos frenéticamente hasta que la pelota gire nuevamente. No importa cuánto tiempo pase. Y, con una sonrisa, encaramos la tribuna. Pues llegó el momento de volvernos a ver.
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