Todos los días te imagino en mi puerta:
Que entras,
que te quedas.
Me miras con tus ojos de vidrio, y en ellos puedo ver mi reflejo.
Nos veo bailando, riendo, disfrutando, amando.
Hablamos un rato.
Te reís,
me haces reír.
El tiempo no existe entre nosotros,
Dios nos permite un momento,
y aunque vuelvas a su hogar siento que perteneces a mi lado.
Tu creador te reclama,
exige que vuelvas a su lado.
Me miras de nuevo, pero tus ojos de vidrio no se empañan,
me miran atentos esperando el siguiente paso.
No lo hay, porque la prudencia sigue de pie.
Lo prohibido aparece como una advertencia ruidosa.
El posible pecado duele, pero más me duele tu ausencia.
Desapareces por la puerta y mi alma queda atenta,
espera que vuelvas,
conserva la esperanza.
¿Volveras realmente o todo es parte de mi mente?
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