Atardecer fluctuante,
frío impío.
Días enteros giran en un mismo ciclo de olvido propio.
Las cenizas de una vida anterior se pierden gracias a un vendaval que me encuentra solo.
Mis insulsas acciones han roto el flujo que parecía bendito.
Costumbres sombrías me condujeron
al desprecio del alma.
Aquel que fui terminó
extraviado en el óleo de una existencia
que jamás supe amar.
Guardo en el pecho
dolor e inquietud.
¿Cómo pensarse sin espanto
cuando uno deviene en lo que antes juzgaba
bestia y ruina?
Culpa y furia se entrelazan,
como hiedra en los murales abandonados de mi pasado.
¿Y qué soy,
sino la suma
de mis propios pasos?
Palabras huecas
me sirvieron de cimientos
para alzar castillos de humo.
Pero temo llegar al paroxismo del ostracismo sino llega el instante
de cambiar verbo por acto,
si quiero alcanzar lo que me juré,
si no quiero perder lo que aún amo.
Metamorfosis, dolor, tragedia y miedo:
cuatro heraldos de sentido
que sólo se revelan
cuando el ser se ordena
y la palabra se alza con sustento,
cuando el gesto nace justo y verdadero.
La historia de mi vida
me cubre con un manto pesado.
Grita que no puedo huir
de lo que fui,
porque en ello habita
la raíz misma de estas palabras.
Y en ese abismo me hallo:
roto, casi mudo,
esforzándome por nombrar un mundo
que me halló ciego,
sordo,
y mudo.
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