Una tenue luz me abraza y me despierta. El olor a sal me inunda y el movimiento del barco mece mi cuerpo suavemente antes de que me obligue a mí misma a levantar de este largo sueño. Las sábanas desechas me reciben a los pies de la cama, y el espejo refleja un rostro que, a pesar de mostrar clara somnolencia, se ve inundado por la serenidad que me rodea.
Salgo del camarote y me recibe una suave brisa. Y me lleva de nuevo a una mirada. A unos ojos. A unos labios. Dejo que el sol acaricie mi piel como deseo que sus dedos lo hagan, sintiendo un tacto cálido en mi piel que no parece estar muy lejos de la realidad que deseo.
Todo está como lo dejé la noche anterior: una mesa y una silla de nea en la cocina, la botella de vino en la mesa, la copa en el fregadero con restos de besos de color granate y mi cuaderno abierto por la última página que pude escribir antes de embriagarme. La última frase era ininteligible, gesto que me hizo sonreír al recordar que le encantaba cuando les escribía cartas estando ebria. Dicen que los borrachos y los niños dicen la verdad, y quizás anoche si él hubiera estado aquí hubiera sido demasiado sincera. No le envié una carta anoche porque el mar ne separaba de él. Pero el vino sabía a amor. Y el alcohol me hace verlo incluso si no está.

Blanca Bermúdez
Escribo para sacar del alma lo que no se puede decir en voz alta. Gracias por leerme. Quédate. Comenta.
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