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Vínculos Modernos

Nov 19, 2025

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Hoy en día vincularse se volvió confuso. Es como si todos quisieran algo, pero sin saber exactamente qué. Nadie quiere sentir demasiado, porque después puede doler. Conocer a alguien parece un riesgo innecesario. Y, de tanto cuidarnos, sin quererlo vamos terminando cada vez más solos; porque mientras todos se protegen de sentir, lo que terminan asegurando es esa soledad, donde cada uno cuida su propio corazón, aunque eso implique dejar vacío el de los demás.

Cada vez más siento que amar se volvió una estrategia y que demostrar interés se convirtió en una desventaja. Hasta la palabra interés suena intensa. Y más aún la palabra amor, que se volvió casi prohibida, como si nombrarla fuera una declaración excesiva. Entonces fingimos desinterés para evitar la vergüenza. No sé desde cuándo sentir pasó a ser algo que hay que disimular. Lo más hipócrita es que se muestra poco, pero se exige mucho. Últimamente, parece que la gente se acerca sin hacerlo. Te hablan, te buscan, te escriben, pero sin dejar que los conozcas de verdad, limitando el tiempo para no establecer un código. Hace tiempo vengo observando esto, pero recién ahora empecé a experimentarlo desde otra perspectiva. Y creo que pude formular una hipótesis que, al menos hasta el momento, nadie logró refutar con argumentos sólidos.

La mayoría evita involucrarse más allá de lo imprescindible. No es que no quieran vínculos, sino que no quieren el costo que esos vínculos implican. Interesarse por alguien, sostener una conversación auténtica, abrir un espacio para conocer y dejarse conocer. Todo eso parece demasiado para una época que valora más la rapidez que la profundidad. Cada vez es más evidente que casi nadie está dispuesto a sostener siquiera el compromiso más básico: saber quién es el otro, qué siente, qué desea, qué lo mueve. No hay una apuesta al compromiso, es más un miedo a hacerse cargo del efecto que provocamos en los demás. Miedo a elegir y aceptar que elegir siempre implica dejar algo afuera. Y pocos están dispuestos a convivir con la responsabilidad emocional de ese descarte. Es por eso, que cada vez más la gente quiere la conexión, pero no la responsabilidad que viene con ella; quiere sentirse acompañada, pero sin aparentar algo que pueda comprometerlos.

En este contexto, los vínculos se construyen a medias. Son relaciones en las que nadie se atreve a acercarse del todo, pero tampoco se anima a tomar distancia. Personas que temen perderte, pero al mismo tiempo evitan la posibilidad de ganarte. Que sienten, pero se esfuerzan por ocultarlo detrás de una aparente indiferencia. Quieren la compañía sin el riesgo, la intimidad sin hacerse responsables, la presencia sin la decisión que supone elegir al otro. Todo queda suspendido en un punto intermedio, donde nada se deja fluir y todo se prolonga.

Lo que creo reflejar es un miedo a elegir, a tomar UNA decisión. Vivimos rodeados de opciones que nos hacen creer que siempre puede aparecer algo “mejor”, “más conveniente”, “menos demandante”. Entonces nadie se anima a apostar de verdad, pero tampoco a soltar del todo. Y uno queda ahí, en ese espacio ambiguo, donde no hay suficiente para proyectar, pero tampoco lo justo para despedirse. Así todo se termina viendo reducido a un rol funcional, no emocional. Alguien que sirve para no sentirse solo, pero no lo suficiente como para ser algo real.

Así se termina en una dinámica silenciosa en la que nadie asume nada y, por lo tanto, no pasa nada. Solo se acumula cansancio hasta que, en algún momento, seguir deja de tener sentido. Y lo que más duele no es que no se haya dado, sino la forma. Esa cobardía, esa manera de irse sin decir nada, como huyendo. Y aun así, incluso sabiendo que el choque va a ser total, que no hay seguro que cubra la destrucción, uno acelera. Porque es preferible sentir esa adrenalina a no sentir nada. A no animarse.

Tomas Martin

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