vida cotidiana ★
Jul 27, 2025
todo parece más surreal de lo que realmente es. las calles, el aire, los estantes, los rostros, los minutos. todo está bajo una capa pegajosa de desespero y sudor que me nubla la vista y se me pega la ropa. en las paredes respiran objetos colgados con precisión, adornos colapsando sobre adornos, cables ocultos con otros electrodomésticos, estoy lleno de aromas artificiales filtrándose por conductos invisibles. la gente camina apretada en las calles porque el exceso ha deformado la distancia. el mundo huele a detergente muy floral, a pan dulce de supermercado, a pintura al sol, a prendas que importaron de china y tirarán en un mes. y yo entre todo eso, apenas me sostengo.
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mis camisas son de algodón y siempre están calientes por mero almacenaje y uso. los colores que llevo tienden al gris, al marrón tenue, al verde sin entusiasmo, tonos que no buscan distinguirse ni camuflarse, sólo permanecer, igual que el polvo en la repisa, igual que las manchas en las cortinas, igual que los objetos que nadie limpia pero tampoco quita. es gracioso pensar que mi versión más feliz vestía de colores rosa y púrpura, y solía andar por la casa usando las prendas para modelarle a alguien que cualquier cosa que me viera encima decía “se te ven lindos, angelito”. hoy los pliegues de mis pantalones caen sin rigidez, mis zapatos no brillan, mis manos no tienen adornos. en este universo construido para el impacto visual, mi cuerpo dejó de tener presencia y está por solo estar. porque no he encontrado la forma de no estar.
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colecciono cosas inútiles, lo reconozco sin pena: recortes de revistas de mi infancia que escondía de mis padres, etiquetas de ropa, ticketes con diseños bonitos, sobres de azúcar y en un cajón tengo un trozo de hilo que encontré en el metro y que siempre creí que me llevaría hasta él, un llavero sin anillo, una servilleta de esa cena en la que me pidió formalizar. no me sirven, no decoran, no ordenan nada, pero los guardo. porque entre tanto objeto diseñado para tener propósito, esos me miran sin lástima, no me piden que justifique por qué estoy viviendo así.
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he llegado a amar profundamente lo innecesario, porque lo innecesario me recuerda que hay cosas que existen sólo porque alguien no pudo tirarlas. me parezco a eso. a lo que no encaja en una categoría útil, a lo que estorba pero igual no te deshaces de él. soy lo que se queda en la esquina sin que nadie lo note, y aunque podría intentar ajustarme, pintar mi cuarto con colores de moda, usar perfumes cítricos que anuncien mi entrada, comprar agendas organizadas por mes y categoría, no puedo. algo dentro de mí se resiste y se quiebra al contacto con lo funcional.
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los días tienen su coreografía, pero yo la desordeno. desayuno sin hambre, ordeno libros que no voy a abrir y en cuclillas cerca de la puerta, me detengo a observar sombras que cambian con la luz del mediodía. froto los dedos contra los bordes de la mesa buscando texturas, paso el pulgar por los pliegues de la cortina buscando recuperar algo de polvo que haya dejado con su partida. y hablando de eso, también hablo solo en voz muy baja para recordarle algo, hasta que me doy cuenta que no está. paso frente a vitrinas repletas de cosas que no necesito y me detengo para pensar en todo lo que alguien diseñó creyendo que haría feliz a alguien.
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la rutina me incomoda, pero al mismo tiempo me define. en ella encuentro la prueba de que algo me sostiene. a este punto de mi autodestrucción en vida, no me interesa la eficiencia, ni me emociona lo productivo. si un día sólo logro abrir una ventana y sentarme frente a ella viendo cómo la luz atraviesa una botella de vidrio, me doy por completo. no porque eso baste, ni porque sea una acción plena, es porque no sé hacer más. porque sufrir lo innecesario es lo único que me mantiene todavía entero.
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sé que estoy fuera de lugar, lo siento en la forma en que el mundo me responde. en cómo mi forma de mover las manos parece anticuada, en cómo mi manera de mirar resulta incómoda. me dicen que todo avanza, que hay que actualizarse, que el movimiento es también un lenguaje, y yo pienso en los cajones llenos de nada útil, en los objetos sucios que aún no me atrevo a botar. pienso en los sobres sin remitente, en los restos de pegamento en la esquina de una postal vieja que compré en itsukushima y quería regalarle una vez, hasta que se fue y me quedé con la postal, con el corazón, con un abrigo que se olvidó. y en toda esa inutilidad, me doy cuenta de que ahí me reconozco más que en mi propio reflejo.
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nunca he sido esencial y ya no lo digo con tristeza, ni con rencor, ni como reproche contra nadie; lo digo con esa voz cansada de haber intentado ser especial tantas veces que me olvidé de cómo solo ser. hay personas que nacen para la felicidad, con un propósito claro. y yo, aunque se supone que vine al mundo en forma de ángel… yo no. yo fui acumulación, fui lo que se perdía al fondo de un cajón. fui el vacío. fui un recuerdo de algo que no tiene forma. y mientras el mundo se afila, se pule, se actualiza, yo me quedo aquí, lleno de fragmentos inútiles, esperando que al menos uno de ellos me diga que está bien no servir.
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porque hoy sé que no estoy triste, estoy estorbando.
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