Me absorbe una nebulosa azul. Me lleva de paseo a las sacudidas. Me dan ganas de avisarle al conductor que el último bocado todavía lo tengo haciendo la bajada por mi esófago y que si me siguen zarandeando voy a tener que escupirlo todo. Pero no veo a un conductor. Hay gente, pero a la vez no. Trato de tocar a alguien, pero es como si fueran una clase de holograma.
Trago a la fuerza, se me cae una lágrima.
La nebulosa ahora baja el ritmo, es casi como estar sentada dentro de una ola, pero no me ahogo. Tampoco surfeo con mis pelos al viento, solo estoy y existo, nada más. Veo las casas y los árboles que pasan por mis ojos, todo teñido de azul. Cuando pasamos por dentro de un tunel, la imagen pega un rebote hacia mi cara y me veo partida a la mitad. No sé dónde quedaron mis piernas, la imagen no las muestra. El túnel tiene mal olor y los hologramas junto a mí no lo notan. Yo lo noto. Noto los quiebres y la sangre. El túnel se va volviendo más estrecho, más azul.
Vuelvo a sentir el bocado, esta vez ya en mi panza, conviertiéndose en ácido. Me pesa como si me hubiera comido toda una vida junta, todo un pasado. Para cuando salimos del tunel, no me siento nada bien. Se siente como haber salido de algo malo, pero todavía lo recuerdo como si eso me hubiera rasguñado y la cicatriz me doliera. Todo me duele. La nebulosa sigue moviéndose mucho más lento que antes.
Ya no me veo, solo me siento. Busco con la mirada algo a lo que aferrarme para dejar de sentir este dolor. No veo nada más que tierra y bloques de pasto. Intento traspasar la nebulosa con mis dedos, pero me electrocuta. Me pregunto si esto está formado de energía. Quizás hay algún generador que la haga funcionar, dándole ese color azul, creando a los hologramas no vivos. Me sacudo un poco y la nebulosa también lo hace. Mi cerebro formula varias preguntas, se pelea mi consciente con mi inconsciente. El corazón me late como si se me fuera a partir.
Cierro los ojos. Cuando los abro, la nebulosa es roja. Estamos yendo trabados. Como cuando el colectivo pasa por pozos y el conductor hace esos frenos de golpe y sigue. Me marea bastante. Ahora lo que veo son caras diciéndome cosas desde afuera. No me hablan a mí, pero yo siento que sí. Hablan de logros y compras, compromisos y sueños, reglas y deberes. Vuelvo a sentir el bocado en la garganta otra vez. La nebulosa pega varias sacudidas y veo como hace cortocircuito. Los hologramas a mi alrededor se me acercan más. No me acuerdo cómo se respiraba. Consulto con mi cabeza, pero sigue peleándose por dentro. El bocado se vuelve gigante, no puedo cerrar la boca. Grito para escupirlo, pero es como cemento.
Me asusto, no sé qué hacer ahora. Cierro los ojos de nuevo como cuando era chiquita y sabía que para dejar a los monstruos afuera tenía que cerrar los ojos. Pongo en orden mi cabeza y dejo que mi corazón desbocado vuelva a recomponerse. Mastico, todavía sin ver nada. El bocado se vuelve más blando, pero tengo que hacerlo bajar de a poco. Trago varias veces hasta que desaparece. Pero no me duelen las entrañas. Me da miedo, aunque sé que solo me queda volver a abrir los ojos y lidiar con la nebulosa. Voy de a poco, funciono como mi propia guía. Me indico cómo ir de a poco y me aseguro que puedo volver a cerrar los ojos si así lo necesito. Me trato con la mayor gentileza que puedo, aunque mi naturaleza me pide hacer todo a las apuradas.
Abro los ojos. La nebulosa es amarilla y ya no hay hologramas. Está detenida. Yo estoy detenida. Me reacomodo un poco y pruebo estirar los dedos fuera, hacia el otro lado de la nebulosa. No siento electricidad... Bueno, sí, algo siento, pero no es dañino. Me doy cuenta que puedo salir si quiero. Me puedo quedar también. Estoy cómoda acá ahora. Del otro lado veo gente a lo lejos con movimientos y voces familiares. No sé bien qué hacer. Me dejo navegar esa duda. Consulto con mi cabeza. No me da ninguna respuesta. Sigue un poco desbaratada. Me vuelvo a decir que puedo salir si quiero y que puedo volver también. O puedo quedarme y volver a cerrar los ojos.
Bajo tímida y cuidadosamente. Al tocar tierra es como si aquellos a la distancia de la nada pudieran sentir mi presencia. No todos se acercan, solo algunos pocos. Vienen casi corriendo, me asusto porque no sé si vienen a retarme. Pero cuando llegan hasta mí, me acarician la cabeza. Libero alguna clase de electricidad que tenía contenida. Más se me acercan y más libero. Son distintos a los hologramas, ellos sí están acá, vivos y gentiles. No me hacen sentir apabullada. Me dan de la mano para que cambiemos el espacio.
Mientras me voy, miro hacia arriba. La nebulosa me sigue, es de color blanco ahora. Sigo caminando.
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