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Vestir recuerdos

Daffi T

Jun 11, 2026

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Vestir recuerdos
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Y justo cuando creía que el mayor terror de una mujer estaba ocurriendo, me encuentro revolviendo el cajón de ropa interior y el único conjunto limpio que tengo es el de las viejas bragas rojas. Se rompió el lavarropas y no tengo qué ponerme para acudir a la cita con el médico esta tarde. Y como si no fuera suficiente, tendré que vestir nuestros recuerdos.

Y mientras me resigno a usarlos, me invade nuestro viaje a Roma aquel fin de semana del 77’. Caminábamos luego de tomar un cafecito en una esquina empedrada, la tarde era gris como los adoquines y como mi tristeza. Solo nos quedaba esa noche, luego levantarnos para ir al aeropuerto y volver a fingir ser dos desconocidos. Ahora que lo pienso, ya estaba enojada antes de comprar este conjunto para ti y se me notaba en la mirada, en la respiración cortada y los pasos ruidosos de mis botas marrones.

La cena estuvo bien, habías hecho una buena elección de vino; copa tras copa, el disimulo se me volvía imposible. Al llegar a la habitación me sentaste sobre tus piernas y quisiste indagar mi enojo, intentaste convencerme con las mismas excusas sucias y ajadas de siempre. Estaba enojada, sí, pero más que eso me carcomía la angustia y a hombres como tú, no es conveniente mostrarles debilidad. Así que sí, asumí finalmente que eras como cualquiera, y como a cualquiera, era fácil distraerte luciendo lencería roja de encaje y más si mientras lo hacía bailaba y te desvestía poco a poco. 

Escapé de tus artimañas como surfeando un embravecido mar de banderas rojas. Pero de repente olas de besos salados se incrustaban en mis heridas y me empujaban hasta perderme en las aguas más profundas de tu piel. Áspera arena se pegaba a mi cuerpo y lo raspaba, ardiendo hasta suavizarlo. Nadamos esa noche hasta las costas más ruidosas de la pasión, donde el océano golpea fuerte y se retira apenas un segundo para volver a irrumpir con fuerza, salpicando las húmedas playas de aquella isla privada que habíamos construido. De momento olvidábamos las alertas y descansábamos mientras la bruma tropical nos cobijaba. Pero el viento avivaba el fuego entre nosotros y la luz de luna iluminaba el mar ya calmo, donde nos sumergíamos nuevamente hasta que el sol nos expuso irreverente a mi deseo de permanecer.

Ni me quiero acordar ahora mismo del fatídico después. Había enterrado este conjunto rojo sangre en el fondo marino, al igual que hice con tus preguntas esa noche. No puedo creer que después de todo, tenga que ir al médico “contigo”. 


Daffi T

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