Vestigios
May 17, 2026
Hay dolores que no saben quedarse adentro.
Empiezan como un nudo en el pecho, una presión insoportable, como si los pulmones pesaran demasiado y el aire dejara de ser suficiente. El cuerpo entra en pánico. La mente convence de cosas terribles: te vas a morir, algo está mal, no vas a poder salir de esto. Pero no siempre es la muerte acercándose; a veces solo es el miedo haciendo demasiado ruido.
Y cuando la angustia se vuelve demasiado grande para sostenerla, aparece otra necesidad.
No llega de golpe. Se instala lentamente, casi como una idea que se repite hasta cansar: la necesidad de cambiar un dolor invisible por uno que al menos pueda entenderse. De convertir algo abstracto en algo tangible. Porque hay dolores emocionales tan inmensos que parecen no existir si nadie puede verlos.
Entonces la piel deja de sentirse solo piel.
Se vuelve un lugar donde algo intenta explicarse.
A veces no se trata de querer morir. A veces es exactamente lo contrario. Es querer sentir algo cuando por dentro todo parece apagado. Es buscar una prueba de que todavía se está aquí, de que el cuerpo sigue reaccionando, de que debajo del cansancio, la tristeza o el vacío todavía existe algo vivo.
Lo cruel es que aquello que empieza pareciendo un alivio breve aprende a quedarse.
Y luego aparece una costumbre peligrosa: volver a aquello que alguna vez calmó, aunque solo fuera por unos minutos. Incluso cuando ya no calma igual. Incluso cuando deja más preguntas que respuestas.
Porque hay algo extraño en acostumbrarse al dolor: a veces deja de asustar y empieza a parecer compañía.
Y entonces aparece esa mentira pequeña, casi inocente:
“Solo una vez.”
Como si algunas heridas no supieran abrir puertas que luego cuesta demasiado cerrar.
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