No es el cuerpo lo que tiembla primero.
Es el espacio donde habitamos.
Algo se desacomoda en el aire
cuando estás,
como si el mundo perdiera una medida mínima
y ya no pudiera sostenerse igual.
No es miedo.
Es una atención demasiado abierta.
Una forma brusca de estar despierta aún con los ojos cerrados.
Los objetos permanecen en su lugar.
La mesa, la luz, el ruido lejano.
Pero algo se mueve lentamente por dentro,
como una casa que desprende un nuevo peso.
Hablo poco, por vertigo.
Camino más despacio, como si la brisa me detuviera al respirar.
El cuerpo intenta no caerse de sí mismo.
Aun que el inconciente ya haya prometido una caida final, un temblor.
El cual deja una lucidez que no consuela,
una cercanía que no explica.
Estar frente a alguien
es a veces
asomarse su propio límite.
Y en ese borde inestable,
sin respuesta,
algo insiste en quedarse de pie.
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