Sobre mi duelo hacia mi niñez y adolescencia he escrito incontables veces. Teniendo la edad que tengo es un tema recurrente e inevitable, pero hay un duelo diferente, igual o incluso más desgarrador: ver cómo otra niña crece. Ver cómo otra niña pasa lo que supiste pasar y cómo no vuelve a ser la misma de antes. Y te duele el doble, por vos y por ella, porque la ves pasar por cosas que no debería, por cosas fuertes, graves, ajenas a la inocente niñez, y te duele. Te duele no poder hacer nada para evitarlo o al menos retrasarlo. Intentas retener esos momentos de dulzura, de alegría tonta —tonta porque todavía no sabe nada, nada del mundo— y así está mejor, en la privilegiada ignorancia.
No es que no quiera que crezca, pero una niña no debe pasar por esas cosas. No es humano verla así, no es humano que ella misma se vea así. Hay algo tan natural en verla reírse y algo tan innatural en verla hacerse cargo de las tragedias que el universo no pudo censurarle. Y la impotencia cargada de culpa choca contra tu pecho, porque deseas tanto protegerla. Porque te volvés a encontrar con las reglas de la dura realidad y con cómo nadie se salva de ellas, incluso cuando esa niña pequeña (aunque ya no tan pequeña) merece algo mejor, mucho mejor.
Crecimos juntas y me puso en un altar, me supo ver como un ejemplo. Con gran admiración imitaba mi accionar y replicaba mis maneras y mis modos. Muy pocas veces me sentí tan a gusto en los ojos de alguien. Y, en verdad, ahora soy yo la que la admiro. Es valiente, lo es, porque tan pequeña ya cargó con mundos, mundos que derrumban hasta al adulto mejor parado. Pero es incluso más valiente por seguir sonriendo, por seguir animándose a reír, incluso conociendo la cara más oscura de esta esfera. Porque todavía existen rastros de esa niña ingenua; porque, entre desgracias, una risa se le escapa, y les prometo que vale la pena esperarla, porque al oírla pareciese que esa niña que fui y la niña que ella es se encontraran y jugaran como se supone que deben hacer las niñas, sin tener que escuchar el ruido de todo lo ajeno a su casa de muñecas. Y mi yo actual las ve divertirse, las ve compartir ese momento, y yo solo las miro, mientras mi visión se humedece, porque al verlas juntas es imposible no percatarse de lo parecidas que son.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión