me arrastro por la trinchera de mis propios miedos, con el corazón convertido en un soldado herido que avanza a gatas entre alambres de espino. cada centímetro que me acerco a ti es un jirón de piel que dejo en el olvido; cada suspiro que te robo, una pequeña victoria antes de la derrota inevitable.
te amo con la precisión desesperada de quien sabe que el próximo segundo es un lujo prohibido. te miro como quien mira la luz por última vez antes de que una bala de silencio me atraviese el pecho. por eso mis labios callan lo que mi alma grita: porque mi ternura no es más que un refugio de cristal en medio de un campo de batalla.
anhelo deshacerme, volverme polvo y que tu viento me lleve lejos de este cuerpo cansado. sueño con el instante en que mis defensas se desplomen como ruinas antiguas, dejando que el miedo se rinda —por fin— ante la marea de tu amor, rompiendo los eslabones que me atan a mi propia soledad.
amándote desde la sombra que me sirve de mortaja, guardando los pedazos de mi espíritu para ese día lejano en que pueda entregarte mi alma sin el peso de las cadenas, y mi amor, sin la urgencia de quien sabe que está a punto de morir.
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