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Venezuela, 24 de junio

bella

Jul 1, 2026

80
Venezuela, 24 de junio
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39 segundos que cambiaron vidas

El suelo fue un animal herido,

que rugió desde el vientre de su propio olvido.

No hubo aviso. Solo el vértigo de lo que se desmorona,

la geometría rota de los sueños

convertidos en polvo.

Las calles, antes río de voces,

son ahora cauces secos,

repite el nombre de los que no vuelven.

Edificios «columnas de paciencia»

doblaron la rodilla ante el espasmo,

y su caída fue sorda «de estruendo»

todos entendieron en el terror de la noche.

Bajo el peso del cielo derrumbado,

una madre curva el lomo sobre el hijo

como un arco que no quiere romperse.

Su cuerpo es el último techo,

el único escudo contra el olvido.

Sus brazos «ah, sus brazos»

son dos vigas de carne y de ternura

que sostienen lo que ya no tiene aliento.

Ella no grita. No puede.

Su boca es una «O» de asombro que guarda el nombre del niño, como se guarda la última moneda en el fondo del bolsillo.

Y al lado, otra hermana,

la mayor, la que siempre supo que el mundo era un lugar peligroso,

se tiende sobre el hermano pequeño.

Su columna se parte en dos mitades, una para el dolor, otra para la vida.

Da su aliento como quien da un préstamo que sabe que nunca cobrará.

Su corazón «péndulo valiente»

late por dos, late por todos, hasta que el pulso se vuelve ausencia, y esta, una forma de presencia.

Los perros, esos fieles de cuatro patas, se sientan junto al escombro y esperan.

Su olfato «brújula del milagro»

rastrea el olor de los que aún viven,

de los que aún respiran bajo el peso

de la noche y del hormigón.

Pero también esperan a los que no volverán,

a los que dejaron su huella en el collar

y su mano en el lomo.

Y ladran. Ladran al vacío, a una puerta que ya nadie abrirá.

Los periodistas, con la voz quebrada,

narran lo que nadie quiere escuchar.

Sus palabras son astillas de espejo, reflejan el dolor sin consolarlo, lo multiplican en cada noticia,

en cada cifra que sube y no baja.

Detrás de ellos, las cámaras devoran

el gesto de un padre que no reconoce

el rostro de su hijo entre los otros.

El rescate de un niño que no olvidará la hora en que su madre dejó de respirar.

Los médicos, de urgencia, cosen lo que la tierra descosió.

Sus manos «hasta entonces instrumentos» son ahora oraciones,

vendas y jeringas que intentan devolverle al cuerpo la forma que perdió en la caída.

Las enfermeras, sombras que no duermen,

cambian el turno sin final.

Sus pies «dos raíces de cansancio»

recorren pasillos, trozos de bloques,

llevando en bandejas y manos la esperanza diluida en suero y en morfina.

Psicólogos, esos pescadores del alma,

sacan del fondo de los ojos rotos los fantasmas que nadie quiere nombrar.

Enseñan a los vivos a vivir con la culpa de estar vivos,

con el peso de la mano que no soltaron, con el último adiós.

Los fisioterapeutas, artesanos del movimiento,

vuelven a enseñar a caminar a quienes el miedo dejó sin piernas,

a quienes la caída dejó sin rumbo.

Y los rescatistas, esos ángeles de casco,

perforan las tinieblas con sus taladros.

Su oído «órgano de la paciencia» escucha el latido mínimo,

la respiración que aún se aferra al oxígeno delgadísimo.

Horas. Días. El reloj es un enemigo,

una aguja que no perdona,

y que cuenta hacia atrás los segundos,

un rescate que nunca es suficiente.

Abajo, en el vientre de los escombros,

los que aún viven se agarran a la vida a un tablón de madera.

Sus uñas arañan el hormigón, sus dientes muerden el silencio,

y sus mentes «últimas prisioneras»

repasan la lista de lo que amaron,

el sabor de un café, la luz de una ventana, la voz de alguien que espera arriba,

que seguramente espera,

que tal vez ya no espera.

Las ciudades, antes mapas de rutinas,

son ahora catálogos de ruinas.

Cada esquina guarda un nombre,

cada puerta un recuerdo,

cada ventana un fantasma que asoma

sin tener ya casa donde habitar.

El silencio, ese dictador, se ha instalado en las plazas

y no permite que las risas vuelvan.

Los esposos, esos héroes anónimos,

cavan con las manos desnudas entre el polvo que huele a su mujer.

Su amor es una pala de furia, una desesperación que no se rinde,

que encuentra un mechón de cabello,

un trozo de tela, una uña,

y sigue cavando porque sabe

que bajo todo ese peso hay un corazón que aún late

solo para él, solo para su nombre.

Pero arriba, en los pasillos del poder,

las voces oficiales, que no llega a los oídos del que sufre.

Jaulas vacías se abren y se cierran sin ofrecer más que el calor de una palabra hueca.

Los decretos, hojas secas,

no levantan un solo escombro,

no devuelven un solo latido.

Y entonces llegan ellos, los de otros cielos,

los de otras banderas y otros acentos.

Sus manos «extranjeras y cercanas»

se hunden en la herida de la tierra con la generosidad del que da sin esperar nada a cambio.

Aviones de alas blancas atraviesan el aire, llevando no solo ayuda,

sino la certeza de que el mundo no es un archipiélago de indiferencias.

Y los rescatistas, con la esperanza

astillada pero viva,

Siguen buscando. Siguen oyendo.

Su fe es un viento que no cesa,

un pulso que se niega a detenerse aunque el tiempo los empuje hacia el borde del desánimo.

Porque saben «aunque duela»

que la vida es un verbo que se conjuga en el presente del milagro,

que cada minuto es un vaso de agua

para la sed de los que esperan,

que la luz puede llegar aunque el túnel se vea eterno.

Y cuando al fin la noche se retira,

y el sol «ajeno al drama»

vuelve a pintar de oro los escombros,

el país entero se detiene y escucha el latido de su propia herida.

No hay música. No hay canto.

Solo el rumor de lo que fue, lo que nunca será, frágil como un hilo, de que la vida «obstinada, verde»

volverá a brotar entre las grietas,

como crece la hierba en el cementerio,

como vuelve la luz después de la tormenta.

Porque un país en luto no es un país muerto,

es un país que aprende a recordar,

que guarda en la memoria los nombres,

que lleva en la piel la marca del golpe,

que sabe que el dolor «ese maestro severo» enseña lo que la alegría no alcanza, que somos polvo, sí, pero también la mano que sostiene

a la que cae, el hombro que recibe

el llanto del otro, la palabra

que se ofrece como un puente

sobre el abismo.

Hay un Dios, observa y llora derramando agua sobre los territorios, siente y sufre por sus amados,

Permite lo milagros, las bromas y sonrisas de las víctimas que sobreviven, pinta el cielo de colores que brotan de esperanza y creación viva.

Hay salvación, hay vida, hay amor,

también demostrado por aquellos que partieron y que ya no volverán,

rostros de quienes protegieron a otros, esos que antes de la hora ya habían tomado la mano del Todopoderoso.

El pueblo que levanta al pueblo.

bella

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