El éxtasis lo envolvió como un sudario.
El hombre, hueco por dentro, era solo un cascarón deshecho por la melancolía.
Se arrastraba al vértigo de su propia miseria.
Sus grises, dos perlas maltratadas, latían con la amenaza de romperse, y en sus pupilas se enredaba la nada.
La música golpeaba su ego, las letras de amor le escocían en la garganta, como un veneno lento, como si cada acorde fuera un eco de lo que perdió.
Febrero se derrabama por sus venas.
No sabía qué era, en dónde estaba, y sin embargo, allí, entre alucinaciones y sombras deformes, lo encontró.
Su más grande pecado.
Su musa.
Tan hermoso como siempre, con ese rostro angelical esculpido en la misericordia, envuelto en una bruma que parecía de seda barata, una barrera burda e insalvable.
Sus verdes brillaban con la armonía de quien nunca sufre, de quien ya no espera.
Con la indiferencia dibujada en sus labios y una belleza impoluta. Con la irrealidad de quien ha dejado de amar.
No esperaba palabras, no las merecía.
La porquería en su cuerpo lo mantenía estúpido, sin dolor, sin tacto, sin alma.
Pero el minutero seguía su curso.
El tiempo avanzaba sin él. Como si se burlara.
Quiso moverse.
Quiso tocarlo y suplicar por un respiro, pero su cuerpo no respondía. Cada vez cedía más al peso de su vicio.
Siguió allí, suspendido en ese trance sin nombre, mientras la silueta de su amado se desdibujaba lentamente, a lo lejos, dejándolo solo con el eco de su propio grito ahogado.
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