Desde pequeña
aprendí a abrazar sombras ajenas,
a llamar amigas sinceras
a quienes brillaban solo mientras les convenía mi luz entera.
Crecí creyendo, con fe verdadera,
que algún día yo sería
esa amiga que se espera,
la que no se borra cuando otra risa llega.
Pero no fue así la escena.
Mis manos llenas de amor se fueron y volvieron vacías,
con migajas frías,
con palabras que dolían
porque venían de bocas conocidas.
Fueron crueles por costumbre diaria,
traicioneras por descuido, no por rabia.
Y duele...cómo duele...el alma,
porque yo amé sin trampa,
porque yo cuidé sin pausa,
porque yo defendí aun cuando el pecho me sangraba.
Mi corazón, pobre viajero cansado,
solo buscaba algo claro:
no promesas para siempre,
solo lealtad en lo cotidiano.
Me cansé de buscarme
en miradas que nunca se quedaban,
en risas que se apagaban
cuando mi presencia entraba.
Hoy no grito,
no reclamo,
no suplico nada.
Hoy convivo con el recuerdo inventado
de haber sido importante, de haber sido amada.
No porque no valga mi esencia,
sino porque el mundo, a veces,
no sabe cuidar la pureza de mi presencia.
Y aquí estoy,
con el alma cansada pero entera,
aprendiendo a ser mi propia compañera,
a no traicionarme,
a no herirme como ellas.
Tal vez algún día alguien se quede,
sin miedo, sin pruebas.
Mientras tanto abrazo el silencio que me espera…
y a ese silencio
lo llamo paz sincera.
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