Bulliciosa ciudad que
enloquece mi pecho,
arremete con sus voces
en mis miedos
y hace temblar mi piel.
Trato de apagar
la llama que
arrasa con mis
estribos;
pero no puedo.
Mi corazón bombea
con la violencia de aquellas
naves que arribaron
a Troya;
y mentiría si dijese que
no se acongojan mis
manos, temblorosas,
cuando dentro de la
muchedumbre he
de mimetizarme,
pues temo que sus ojos,
violentos y grotescos
—al menos en mi
mente—, se posen
en mi ser
y juzguen con voracidad
todo lo que compongo.
Dichosa urbe,
amo cuánto has querido
ofrecerme, y detesto
cuánto has podido
arrebatarme.
Supongo que,
cuando en mi muerte
las luces de los
coches y el bullicio
se vuelva nulo,
extrañaré profundamente
cuánto has sido
y cuánto serás.
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