Mamá solía escribir sus sueños e ideas debajo del tatami, robaba los pinceles de mi viejo y la tinta de los puestitos en el mercado porque era tacaña para sus manías. Ella escribía y me contaba, se convertía en nuestro gran secreto hasta que, en un intento de adoptar sus costumbres para no olvidarla, comencé a hacer lo propio escribiendo historias en las paredes de mi recámara. Me inventé personajes, mundos sin pies ni cabeza y villanos que eran incomprendidos. Las oraciones se mantuvieron escondidas detrás de la cama o algún mueble alto y ese fue un secreto solo para mí y nadie más. No recuerdo por qué, pero la abuela pilló mi travesura y terminé pintando todo de blanco, el blanco más triste que había visto en mi corta existencia. Mi madre se dio cuenta de lo mal que lo estaba pasando y se le ocurrió regalarme una libreta usada. «Ahora dale vida tú», me dijo con una sonrisa. Ya no escribí historias, pero sí que plasmé todo lo que me callaba. Desde lo más tonto hasta lo más sucio.
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