Saben, hace tiempo pensaba y llegué a la idea de que la mente es un universo, infinito y misterioso. Me hacía ilusión navegar en cada rincón, explorar sin límites. Así fue hasta que me perdí; no sabía cómo volver ni cómo había llegado hasta ahí.
Olvidé lo que me traía felicidad, paz y seguridad. Cuestioné mi identidad, mis creencias e ideas. Dejé a Dios, quien me refugió en gran parte de mis crisis, y quise caminar conmigo mismo.
Qué iluso. Al igual que los reyes judíos, me desmoroné solo. Dejé a mis amigos, la guitarra y mi relación con Dios. Mi cuerpo seguía funcionando, pero mi corazón no me seguía.
Y así como el hijo pródigo, regresé: humillado y desgastado. No estoy resuelto, pero sí con aliento, volviendo al primer amor.
Sin escándalos y en silencio, regreso nuevamente a subir la escalera.
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