Me hice la fuerte tanto tiempo
que ahora cualquier gesto mínimo me deja temblando.
Un abrazo que dura más de la cuenta.
Una mirada sostenida.
Alguien escuchándome de verdad.
Y ya siento que se me cae la armadura al piso.
Qué bronca darme cuenta de que todavía me importa.
Porque yo había aprendido a sobrevivir desde otro lado.
Desde el cuerpo rápido.
Desde no quedarme demasiado.
Desde hacerme la que no necesitaba nada.
Y ahora mírame.
Esperando cinco minutos más en una cama solo para escuchar otra respiración cerca mío.
Sintiendo ternura por un hombre que probablemente ni entienda todo lo que me pasa por dentro.
Y lo peor es que no necesito que lo entienda del todo.
Solo necesitaba sentirme tranquila un rato.
Deseada sin actuar.
Mirada sin disfrazarme.
Tocada sin tener que convertirme en espectáculo.
Hay algo muy humillante en descubrir que todavía soy capaz de ponerme blanda por alguien.
Y al mismo tiempo…
hay algo profundamente humano en eso.
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