Yo suelo aceptar mi soledad, a diario convivimos, te juro que la acepto.
Pero es que este silencio es tan ensordecedor...
Al menos se queda callado, y no te exige de vuelta conmigo.
El vacío me desprende los ojos.
Quienes quieren mirarme, no ven nada, y nuevamente escucho, muy de fondo, un: "¿Qué es lo que te pasó?". Sólo miro hacia la nada, un punto oscuro que, de muy mala gana, como quien está perdiendo su tiempo, quiere que me vaya con él...
Ojalá pudiera responder, perderme o simplemente cerrar mis párpados, sin que se sobrecarguen de agua, ahogando lo poco que de aire retengo. (Ya no quiero llorar).
Quisiera pedirles a tus fantasmas, que me suelten, de verdad se los pediría.
Pero mis pensamientos, esta nostalgia...
Son como horcas pidiéndome, que esta vez, ya no me aferre a la silla. Y susurran en medio de la noche: "Saltá o soltá".
El desvelo me abraza, y es tanto...Tanto, que mis costillas quieren comprimirse y quebrarse, la espalda me pesa, molesta. En la nuca siento miles de alfileres clavados, duele. Y él dice que no quiere irse de aquí, que aún podemos esperarte. Quizás, una hora más, una vida más.
Me da pena, quisiera decirle que puede descansar...
Que podemos descansar.
Pero entonces allí, la soledad se hará inmensa.
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