1.
Debe haber sido el primer momento de la noche que nuestras miradas se cruzaron, porque desde que llegué que estoy empeñado en evitarlo. Como si esas endebles actitudes le simplificasen a uno la forma de afrontar el mundo. No quiero que nos miremos porque quiero evitarte. Quiero evitarte porque sé que si nos miramos tus ojos serán la bisagra fatal que me conduzcan hacia el hemisferio tácito en el que siempre me situé con tan sólo percibirte. Algo que me tenés que reconocer es que hoy no fue como tantas otras veces, donde yo, de estar mirándote fijo a lo lejos como un idiota, hice que me mirases. Esta vez todo derivó de un interés tuyo. De un mero comentario donde simplemente me diste a entender que hacía un rato ya que tenía la vista en cualquier lado. “Además estás muy callado”, agregaste. En parte tenías razón, y una vez más me volvió a cautivar esa delicada esencia de la sutil observación que siempre fue algo común en vos. Y sí, es verdad, si desde que terminamos de comer que estoy mirando el reloj que cuelga a lo alto de la pared del quincho. Doy por descontado que explayarme en sus motivos harán que me vaya enredando en un sinfín de explicaciones que aletargarán en demasía el asunto. Creo que antes debería explicarte algunas otras cosas.
Para mi suerte, lo que dijiste pasó bastante desapercibido, dado que justo me lo viniste a hacer durante la ponencia medular que Gastón hacía sobre el nuevo trabajo al que estaba por entrar. Hacía rato que el tipo hablaba embelesado, como enamorado de sí, y no parecía estar en sus planes frenar pese a que cualquiera de nosotros hiciera cualquier tipo de comentario, como el que me acabás de hacer. Sospecho que usaste esa bala fugaz por tu íntimo deseo de cambiar de una vez por todas el tema de conversación, dado que antes habíamos estado hablando de política y también este fue un tópico que jamás te interesó. Entonces me hablaste. Algo en lo que siempre coincidí con vos fue en ese comentario que me hiciste meses después de haber terminado la secundaria: “Pensar que antes nos vivíamos cagando de risa de boludeces y ahora todas nuestras conversaciones son de laburo y facultad”. Algo que tuvimos desde la noche de los tiempos fueron ese tipo de coincidencias mentales, de encuentros ideológicos cotidianos que siempre acostumbraron a dinamitarse ahí, en esa efímera orilla deleble y finita, porque en el resto de los planos del mundo casi que por deporte acostumbramos a ir a contramano.
Podría seguir escribiendo. Podría seguir con mis redundancias verbales confusas, con lo trunco que fue la relación en nosotros dos y el tiempo que perdí queriendo reconstruir lo que alguna vez pudo haber sido. No creo que tenga sentido. Tampoco sé qué tanto sentido tiene esto, porque no van más de tres párrafos y mi sensación es que estoy dando demasiadas vueltas con mis propias incertidumbres que lo único que hacen es exponerme frente a vos. Pese a que probablemente te rías con lo que te voy a decir a continuación, te lo voy a comentar. ¿Sabés de dónde creo que esta vez florecen mis dudas, mis malditas vacilaciones? del momento en que hoy al mediodía, mientras se jugaba el clásico de Avellaneda, Racing nos hizo un gol y se puso 1-0. Porque todas mis contradicciones, mis desentendimientos conmigo mismo, en verdad surgieron de ahí, del instante donde nos recuperaron la pelota, entraron por el costado derecho del área y después de un centro rasante nos hicieron el gol, para que posteriormente a eso yo esboce una ligera mueca de satisfacción en el costado de mi boca. Es obvio que te reíste ahora que lo leíste por la estupidez sideral que resulta decirte esto literalmente después de haber estado hablando de nuestra relación. Si me das un poco más de tiempo quizá te lo termine de explicar. Porque en realidad no sonreí, sólo hice una simple mueca tímida, incómoda, que en ningún momento se animó a traslucir los dientes. Un fugaz gesto facial que a fin de cuentas coincidió la de los tipos que estaban en otro sector de las tribunas: los visitantes. El resto, los cuarenta mil tipos que temprano a la mañana se pusieron la camiseta roja para ir a Bochini y Alsina, estaban lejos de hacerlo. Más bien tenían cara de velorio, cara de aún no caer en lo que estaba sucediendo. Y yo como un idiota sonriendo. Por eso es que líneas atrás te pedí que me des tiempo, que entiendas mis innecesarios circunloquios, mis abultadas dudas, porque desde hoy al mediodía que estoy así como dijiste: perdido, sin ser capaz siquiera de entenderme conmigo mismo.
2.
Si me voy a tomar el tiempo de contártelo, creo que sería más justo y ordenado respetar la cronología de las cosas. Voy a necesitar que vuelvas seis días antes en el tiempo para que todo te resulte más entendible. A esa noche de domingo en mi casa, cuando con mi familia ya habíamos terminado de comer y algunos mirábamos en la televisión el resumen de la fecha. Cuando pasó el de Independiente, me despedí de todos y subí a dormir. Destendí la cama y cuando apoyé mi mano sobre el interruptor del velador vi que la pantalla del celular acababa de prenderse por el anuncio de una notificación.
¿Hacía cuánto tiempo que no hablábamos? ¿Hacía cuánto tiempo que no me escribías? No te voy a mentir, tu mensaje me sorprendió sobremanera. Porque pese a que nos siguiésemos viendo con el resto de los chicos, nunca más nos volvimos a hablar. ¿Sabés cuándo había sido nuestra última conversación? Hacía dos años. No te voy a negar que cuando lo comprobé una efímera melancolía me envolvió tras comprobar nuevamente lo rápido que pasa el tiempo. Siento por otro lado estar siendo injusto con el mensaje, dado que lo escrito no fue más que una simple invitación a vernos con los demás el sábado en lo de Gaby. La última vez había sido un domingo de octubre en lo de Matías. Mayo está llegando a nuestras calles, con sus hojas marchitas y su cielo desvaído. Te saludé concentrándome en ser un poco más arisco de lo que hubiera querido —no quise que las botas de mi melancolía dejasen sus huellas en la conversación— y te dije que sí, que estaba para el sábado. Dejé el celular en la mesa de luz y de una vez por todas intenté cerrar los ojos para poder dormir.
Habrá pasado una hora o más cuando, después de haber estado dando vueltas y vueltas para poder dormir, entendí que estaba flagrando una lucha absurda conmigo mismo. Volví a tomar el celular, aun a sabiendas que usarlo a oscuras colabora notablemente con el insomnio. Un simple “okey” como respuesta a lo que te puse me hizo volver a ver tu foto y nuestro chat y todo el resto de las cosas que ver aquello conllevaba. Tu insignificante respuesta resultó el sendero para abrir una vez más la conversación y perderme leyendo las cosas que nos dijimos supimos decir tiempo atrás, adentrado en la profunda contemplación de lo distinto que puede llegar a ser el mundo con tan solo dos años de diferencia.
Traté una vez más de dormir, pero de nuevo resultó una empresa imposible. Lo único que me separó de aquel entonces hasta haber estado sentado horas después escribiéndote, fueron recuerdos de momentos que vivimos juntos y que el tiempo los fue apaciguando. Como si el paso de los días sirviese, más que para hacer pasar el tiempo, para profundizar el olvido de las cosas. Y que una noche cualquiera, con tan solo un mensaje, lo apaciguado salga de su escondite y se vuelva a dejar ver. Como si estas súbitas insurrecciones de mi mente tan sólo demostrasen a cielo abierto la facilidad que siempre tuviste sobre mí.
“Me atrevo a romper el tácito acuerdo de no habernos escrito durante todo este tiempo porque hace un puñado de horas se te dio por hacerlo”. Escribirte fue fácil. Mucho más fácil que hacerlo en persona. “Aplico con vos el mismo principio que siempre apliqué a lo largo de mi vida con el resto de mis cosas: hago lo que puedo, no me sale todo.” Recién cuando pasaron casi dos horas despegué la birome de la hoja. Siete carillas fueron el resultado de haber estado escribiéndote de madrugada. Sabía que el escrito tenía un destinatario, pero recién al terminar y leerlo entendí que también tenía un orden cronológico, comenzando cinco años atrás (algo que nunca había planificado). Me impresionó la cantidad de detalles que llevaba el escrito, como si escribiéndote hubiese logrado sustraerme de mi presente y volver en el tiempo para recordar las cosas cuando me senté a escribir. Guardé las hojas después de doblarlas y me acosté. El sueño me atrapó de modo inevitable, como si fuese el desenlace de un día lleno de obligaciones.
3.
—¿Te dijeron lo del sábado? —me preguntó Matías, haciéndose un lado para que el vendedor ambulante pudiese seguir su camino. Le dije que sí, que me habían invitado, sin dejar de tener los ojos apoyados en la ventana, que debido a la oscuridad de la noche se convertía en un espejo desvaído.
—¿Quién te habló? —me preguntó nuevamente, haciéndome sospechar hacia dónde iba a ir el asunto.
—¿Por qué? —le pregunté, sabiendo lo que me iba a decir.
—Porque a mí me habló Leticia, y no creo que te haya hablado a vos.
Permanecí sin responderle y supuse que Matías interpretó la omisión debido a que justo por al lado nuestro pasó otro vendedor. Nos ofreció un alfajor y siguió dejando los demás en los respaldos de los asientos. Cuando volvió, Matías le preguntó por el precio.
—A mí también me habló Leticia —le dije, mientras él guardaba la billetera y abría posteriormente el alfajor.
—¿Y? —supuse que me dijo, tras el sonido indescifrable que emitieron sus cuerdas vocales. Al parecer no cabía en él la posibilidad de primero tragar y después preguntar.
—¿“Y” qué? —le repregunté, haciéndome olímpicamente el otario y esperando a que él tomase los remos de la conversación. Matías al escucharme emitió una carcajada corta pero exagerada.
—Dale, boludo… —me dijo, negándome con su dedo índice mientras tragaba el último bocado de su alfajor. —Conmigo no te hagás el pelotudo.
Volví a voltear la mirada hacia la ventana que lo único que hizo fue dibujarme de frente. Acabábamos de salir de Boulogne y estábamos pasando por el vértice geográfico de Campo de Mayo. Al otro lado del vagón no se veía nada. Mientras tanto empecé a pensar cómo contárselo. Si valía la pena la historia completa o en verdad no venía al caso. Porque la realidad era que yo no sabía si él estaba interesado en toda esa información. Cabía la posibilidad que sólo me hubiera hech0 la pregunta por la simple costumbre de conversar algo más antes de bajarse del tren. La simplísima pregunta que me había hecho no suponía la amplísima respuesta que pensaba darle. De Boulogne a Montes hay mucho recorrido, pero seguía sin ser suficiente para hablarlo. Por eso le pregunté si andaba con tiempo y con ganas de escucharme. Me dijo que sí y quedamos en ir a su casa al bajar en Montes. Él vivía ahí nomás, a la vuelta de la estación.
—Vos te das cuenta que tenés que ir y dársela, ¿no?
Lo apacible que estaba la noche en la terraza de Matías parecía provocar que yo me mimetizase con el ambiente, prolongando los silencios y evitando las respuestas. El viento no venía del sur, pero de todas formas se oía por momentos al tren pasando en la lejanía.
—No sé qué tengo que hacer, la verdad —le dije. —Y casualmente viene a ser lo único que sé: que no tengo la más puta idea de lo que tengo que hacer.
—¿Para seguir así tres años más?
—O no.
—O sí, hermano. ¿Quién te lo asegura?
Punto para él. Porque por más exagerado que sonase, nadie me lo aseguraba.
—Es hacer quilombo al pedo —concluí. —No tengo ganas.
—¡Y sí, boludo! ¿qué le vas a hacer? Más tiempo pasa y más quilombo es ¿eh? Hace mucho tiempo que te lo vengo diciendo. Que tenés que hablar con ella. Que tenés que hacerle entender lo que nunca fuiste capaz dado que ¡justamente! ella no sabe nada de esto y además, para variar, para sumarle a la ecuación, para darme una vez más la razón a mí, vos mientras tanto sos incapaz de seguir.
Asentí, sin saber qué decirle.
—Porque si me dijeses que sí, que dale, que seguiste con tu vida, que saliste con otra mina, que hiciste tu historia, todo bien, boludo. ¿Sabés qué? Todo bien. Pero no es el caso —me dijo, haciendo una pausa para que lo mirase, detestando mi costumbre de gambetearle a su mirada. —Y sabés perfectamente que no es el caso.
Nos hundimos en el silencio por un rato y dejamos la noche caer. Él fue a buscar una cerveza y mientras tanto lo esperé meditando lo dicho. Me dio la sensación que entre tantas bifurcaciones lo único certero era que Matías algo de razón tenía, y como colorario coincidir con su diagnóstico me ponía frente al precipicio de seguir su solución. Porque Matías —de soslayo y casi que sin darse cuenta— apuntalaba la raíz que más me molestaba: que todo siguiera siendo igual, pasase el tiempo que pasase.
De repente una efímera idea me iluminó, justo cuando lo vi volver de la cocina. —¿Y si sólo se la doy si Independiente gana el clásico? —le pregunté.
—¿Eh? —me dijo, sacando la vista de su celular e interesándose sobremanera en lo que le acababa de decir.
—Fijate: Independiente juega el sábado al mediodía.
—Sí.
—Nosotros nos vemos el sábado a la noche.
—También.
—Si ganamos, ¿qué tanto me va a importar? Voy a lo de Gaby y se la doy.
Ni bien lo dije sentí que fue la estupidez más grande que dije en mi vida. Y no porque sentí haber dicho una incongruencia, sino porque una vergüenza inexplicable me rodeó tras haberlo dicho. Como si la timidez que me daba entregarte la carta, se hubiese trasladado a ese simple comentario que le acababa de hacer a Matías. Un horrible pudor que mutaba hacia todos los ámbitos que tuviesen que ver con el escrito. Hacia sus pensamientos, hacia sus ideas y hacia sus posibles desenlaces. Matías sonrió, y no porque le haya parecido buena la idea, sino porque cayó en la cuenta de cómo todo había cambiado. Cómo ahora no me encontraba tan negado como antes, pero como aún me sofocaba de rubor por qué no esperar a que se diesen algunos resultados en mi vida cosa de que si al menos me dijeses que no, que estabas harta de mí y de mis funestos intentos de poder lograr algo juntos como alguna vez supo ser, al menos tuviese algún vano y estúpido consuelo.
—¿Te parece igual? —me dijo Matías, aún tentado. —Vas a tener que cumplir, eh.
—¿Ahora me hacés recular, boludo? Andá a cagar.
—¡No, boludo! —me dijo Matías, riéndose más y destapando la botella que había traído de la cocina. —¡Me parece bien! Hagamos así. Total, conociéndote, si llegan a ganar el sábado todo te va a importar tres carajos.
Me fui de lo de Matías un rato después, preguntándome qué tan lúcido de mi parte que había sido dejar las cosas que me pasan en manos de los azares del destino. El tren vino rápido y casi vacío. Justo esto se me daba por dejar en manos de otros —pensé, mientras veía a la pasada la estación de servicio de Torcuato— en un momento de mi vida como este. ¿O era que justamente hacía porque era “un momento de mi vida como este”? No supe responderme. Bajé tres estaciones después y caminé hacia mi casa. Había refrescado bastante.
4.
Hoy a la mañana cuando me desperté tuve un sinsabor en la boca de los que hacía mucho no tenía. Porque por más que ayer me haya juntado con amigos a tomar algo y faltase poco para que con mi familia saliéramos para la cancha, no podía sacarme el tema de mi mente. Porque casi que desde el jueves que estuve sumido en un fatídico espiral mental pensando lo distinto que sería el mundo de darse uno u otro resultado en la zona sur del Gran Buenos Aires, que nada tenía que ver con nuestra juntada al otro polo de la brújula.
Ahora supongo que entenderás el motivo de esa pálida sonrisa, de ese alivio liberador de tensiones que hizo que mi respiración dejase de ser tan entrecortada con el gol de ellos. De todas formas el asunto no dejó de avergonzarme. Antes del entretiempo hicimos un gol y todo volvió a ser como antes. Bien. Un gol antes del descanso. Fundamental. Siempre es mejor empatar a que te lo empaten.
En el segundo tiempo de arranque fuimos mucho más ofensivos y rápido encontramos un penal donde además expulsaron al mediocampista que hizo el foul. Gol. Desahogo. Avalancha. Alivio. El penal fue arriesgado. Al medio y rasante. Si el arquero bancaba el medio posiblemente se lo hubiera quedado. Hacía mucho tiempo que no vivía un grito tan fuerte de gol con toda la gente en la cancha. Hace rato que las cosas vienen mal en el club. Y cuando las cosas vienen mal, uno cuando juega el clásico tiene el deseo anodino e insignificante de ganarle, doctrina que desde la noche de los tiempos fue la antítesis de ver el fútbol para este club. Porque uno para consolarse se termina rebajando a esos objetivos efímeros e inconducentes que de nada sirven para lo que realmente importa. Tres porotos más en un campeonato de cincuenta y pico. Tres porotos más que en verdad se los podés sacar a cualquier otro equipo. Cualquier otro equipo que no sea de tu barrio. Cualquier otro equipo que tenga la cancha a más de trescientos metros que la tuya. Por eso habrá sido que gritamos tanto el gol.
Después les expulsaron a otro que se pasó de boca con el árbitro por colombiano —sí, por colombiano; le dijo “cabrón” al árbitro y el tipo entendió “cagón”— y no quedó más que liquidarlo. Costó, sí, costó más de lo que pensábamos, dado lo cerca que estuvieron de empatarnos en más de una ocasión siendo dos menos. Cuando quedaba casi nada les hicimos el tercero y hubo tiempo para más. Minutos después, en una contra que nuestro arquero sacó rápido hacia el costado izquierdo, el joven promesa controló bien, entró al área, desbordó para adentro y le pegó cruzado. Cruzado y bien alto en dirección al ángulo, asunto imposible para el arquero, disparo que sentenció definitivamente el clásico, para que ahora sí no hubiese tiempo para más y la locura se desatara en Avellaneda. Aún faltaría mucho para que me diese cuenta. Aún estaría durante largo rato envuelto en esa indescriptible felicidad que uno tiene los momentos posteriores a cuando su equipo ganó y uno está ahí, en la cancha, sin nada más que hacer, esperando a que primero se vayan los visitantes para recién después poder irte vos. Aún faltaría bajar, caminar por Alsina en dirección a Sagol, subir los puentes, cruzarlos, pasar el shopping y ahí, recién ahí, cuando terminamos de dejar a nuestras espaldas el centro comercial de Avellaneda y frenamos en la esquina porque el semáforo se acababa de poner en rojo y dos tipos al lado se la jugaban a cruzar corriendo, ahí, exactamente ahí, hice la conexión mental entre el partido que acabábamos de ganar y la carta que, desvelado, te escribí la madrugada del lunes anterior.
5.
“Además estás muy callado” vuelvo a subrayar el comentario que me hiciste, porque refleja a la perfección esa perspicacia femenina que anteriormente te comenté. Estoy muy callado porque desde hoy a la tarde estuve comiéndome las uñas pensando en lo que podría haber sido en un rato. Y ahora estoy en el momento después, respirando un poco más, entendiendo que ya pasó. Porque como te digo: podría-haber-sido. No va a ser. Desde que terminamos de cocinar las empanadas y nos sentamos a comer me dije que no, que nada de todo esto tiene sentido. En días así, que se dan tan pocas veces en la vida, no hay que darle la oportunidad al mundo de estropearlos. Este tipo de días más bien deben terminar cuanto antes, sin mucho más. Cumplir con las horas necesarias hasta su finalización sin que pase nada y punto. Es justamente por eso que cuando nos sentamos a comer decidí no darte la carta. Y puntualmente en eso se justifica el motivo por el cual estoy a cada rato mirando al reloj en silencio. Porque me quiero ir, pero sé que como el quincho en el que estamos está al fondo de la casa, el portón está lejos. Y la regla tácita de cuando venimos a esta casa es que, cuando uno sale, que salgan muchos, cosa que Gaby no tenga que ir y venir interminablemente a abrirnos. Como supondrás, lo último que quiero es que al levantarme vos me sigas y salgamos juntos a la calle y tengamos que caminar en dirección a Balbín. Hace unas horas cuando llegué y me bajé del auto, me di cuenta que por atolondrado lo había puesto al lado del tuyo. Juro aún no entender lo poco que me importó en el momento y cómo no me di cuenta de la insensatez que estaba cometiendo.
A eso de las tres, mientras recordábamos viejas anécdotas, Gastón se paró del sillón y fue en silencio hasta la mesa donde había dejado sus abrigos. Y de soslayo te vi, tocándote los bolsillos para corroborar que no te olvidabas de nada, bajo el susodicho razonamiento de que, si salía uno, que algunos más aprovechasen. Tardaste, y mientras tanto yo salí a ver la noche con un cigarrillo, disfrutando de saber que te estabas yendo antes que yo y que eso me serviría de elemento justificador ante Matías, que también estaba ahí, de que no tuve la más mínima posibilidad de hacer algo porque como vos aprovechabas a salir con Gastón, no pensaba mover un dedo frente a él. Inhalé el humo y vi la noche encapotada de nubes durante el silencio prologado que me brindó el momento a solas afuera. Momento que se vio interrumpido cuando alguien abrió el ventanal para ir hasta el portón. Todos estaban levantados. Bastó Gastón parándose a buscar su abrigo para que todo el resto cayera en la cuenta en la hora que era. Pese a estar saliendo con todos los demás, como me seguía incomodando que estuvieses vos, le pedí a Gaby que me esperase mientras terminaba el pucho y entraba a buscar mis cosas y vos y el resto caminaban hasta sus casas o hasta sus autos, cosa que después al salir no tuviese siquiera la oportunidad de salir corriendo gritando tu nombre. Cuando entré fui al baño, pero ni me desabroché el cinturón. Me quedé mirándome al espejo con el único fin de hacer tiempo y pensé en los futbolistas que al salir sustituidos caminan hacia la raya y antes de cruzar la línea, antes de habilitar al otro tipo a entrar, frenan, se bajan las medias, se sacan una canillera, se sacan la otra mientras los rivales se impacientan más de lo que están y esperan a que venga el réferi corriendo a sacarlo a los empujones, porque van ganando por la mínima y queda nada por jugarse. Así estoy. Ganando por la mínima. Haciendo tiempo mientras abro la canilla, me lavo las manos, me peino un poco y me quedo mirándome a mí mismo hasta el fondo de mis ojos. Ahora sí, el tiempo que pasó es considerable y decido salir del baño, porque tampoco quiero que Gaby pase frío esperándome en el portón. El problema cuando salgo del pasillo es caigo en la cuenta de que todos mis intentos por esquivarte fueron completamente vanos, porque apareciste a mis espaldas cuando terminaba de ponerme el buzo. “Me olvidé las llaves, qué boluda” dijiste, cuando me viste aparecer, lo que me sorprendió sobremanera luego de haber pensado que los pasos que se avecinaban eran los de Gaby que venía del portón. “¿Dónde las habré puesto?” dijiste, mientras dabas vuelta los almohadones del sillón. Tampoco iba a ser tan inmaduro para no esperarte, cosa de seguir esquivándote. Te despediste de mí en la puerta, pero te pregunté dónde habías dejado el auto, cosa de naturalizar el hecho de ir caminando en una misma dirección. Caminamos la cuadra que nos quedaba conversando de algo efímero que carecía de profundidad más allá de esos ni siquiera cien metros y llegamos a los autos, que estaban perpendiculares a la calle mirando el terreno baldío que hace años yace en aquella manzana. Nos saludamos antes cruzar al otro lado de la calle y una sensación de vacío absoluto me invadió cuando paralelamente recordé que en la guantera del auto tenía el resumen fundamental que había sentido por vos durante todo este tiempo. Cuando me subí, el desvelo del fin de semana pasado sobrevino a mi mente. Sin pensar bajé la ventana izquierda envuelto en la necesidad de mirarte. Quise girar el torso para abrir la guantera, pero cuando estaba por hacerlo escuché al otro lado tu ventana también bajándose para ahora sí poder ver tu rostro que en silencio me miraba fijo, como sabiendo a la perfección lo que estaba por hacer.
Marzo 2024.
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