Una moral desgraciada
Muchas veces al encontrarme entre amigos, entre compañeros de clase, con familiares, con vecinos, en fin, con las personas con quienes me relaciono, me da por observar sus defectos, sus miserias, sus pecados, a veces veniales, a veces incluso mortales, desgracias que también han estado en mi y algunas que aún están, pecados que también son comunes a millones de otras personas. Pecados como la blasfemia, los actos impuros, los falsos testimonios, las envidias, la irreligion... La lista es extensa.
Ante esto siento el impulso de predicarles la moral católica, la misma que yo intento practicar, de mostrarles la verdad, la belleza y el bien que hay en plegarse a los Mandamientos Divinos; sin embargo, rápidamente nublan mi mente pensamientos como los siguientes: «¿que sentido tiene hacerlo? Jamás lograrán salir de ese estado de pecado, ni yo que trato de esforzarme lo he logrado aún, menos lo lograrán ellos a quienes no les interesa ni siquiera intentarlo. ¡No! No pueden cambiar, más vale que no les diga nada, de nada servirá, más vale que no intenten cambiar, quizás el Señor viendo que actúan mal por ignorancia se apiade de ellos y alcancen la salvación; mientras que si yo les informo de sus pecados y luego no cambian, seguro se condenan, porque que se conviertan está difícil, por no decir imposible».
Entonces no les digo nada, no trato de enseñarles los altos y inalcanzables estándares de lo moral católica; sino que, por el contrario, trato de rebajar esos estándares de manera que se acoplen a sus limitaciones humanas.
¿Pero qué me sucede? ¿qué elemento de vital importancia estoy dejando fuera de mi razonamiento al decidir actuar así? ¡Lo tengo! ¡La Gracia!, ese auxilio divino capaz de convertir al más acérrimo de los pecadores, en el más grande de los Santos.
El Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica dice: «La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios, hijos adoptivos, partícipes de la naturaleza divina, de la vida eterna» (n. 1996).
Mi caso no es un caso aislado, por el contrario sucede bastante en nuestros días que, cuando se predica la moral católica, se deja totalmente de lado la Teología de la Gracia, eso explica porque cada día se hacen mayores esfuerzos por rebajar sus estándares y hacerla más accesible al hombre, esgrimiendo afirmaciones como, por ejemplo: «Predicar la moral católica es inútil, ya nadie la obedece. Esa moral es inhumana, exige cosas que ningún hombre puede lograr. ¿Va usted a decirles a las personas que deben morir antes que renegar de su fe? ¡Por favor! ¿Quién es capaz de eso? ¿Va usted a decirle a los novios, que hierven por las hormonas, que es pecado tener relaciones sexuales antes del matrimonio? ¡Pero si es imposible que se abstengan! ¿Va usted a decirles a personas con inclinaciones homosexuales que la homosexualidad es un pecado? ¡Pero si es imposible que cambien! ¿Va usted a decirle a una pareja en unión libre que tienen que casarse para poder comulgar? ¡Pero si la vida de casados es muy difícil!¡Por favor, sea usted realista! No hay que ser tan riguroso, que cada quien haga lo que pueda, al fin que Dios es misericordia y amor».
Esta es la "moral" desgraciada que muchos pretendemos predicar hoy en dia, esta es la "moral" desgraciada que nos queda cuando retiramos de la ecuación la Gracia de Dios, una "moral" sin gracia, una moral sin la Gracia, una moral pelagiana
Pelagio enseñaba que el ser humano puede salvarse y cumplir los mandamientos solo con su esfuerzo, sin necesidad de la gracia de Dios." title=""Pelagiana" viene de Pelagio, un monje británico del siglo IV-V.
Pelagio enseñaba que el ser humano puede salvarse y cumplir los mandamientos solo con su esfuerzo, sin necesidad de la gracia de Dios.">[1] que pretende alcanzar la virtud por la sola fuerza humana y que, en consecuencia, encuentra que la virtud es imposible.
Por eso decía acertadamente el «Doctor de la Gracia», San Agustín: «Señor dame lo que me pides y pídeme lo que quieras» («Confesiones» X, 29, 40). Porque el Santo era consciente de que Dios no nos pide sino aquello para lo que Él mismo nos dará la fuerza, era consciente de esto y por eso se confiaba a la Gracia divina.
Él mismo fue prueba viviente de lo que Dios puede hacer con su Gracia, de cómo la Gracia puede cambiar a un hombre.
Dios sabe de nuestra debilidad, por eso no nos abandona a nuestra sola fuerza, sino que nos asiste con su Gracia a cada momento y en Él y solo en Él debemos esperar ser cada día mejores personas, mejores cristianos...
No desesperemos de nuestra conversión, tampoco de la de los demás, porque para Él nada es imposible. Prediquemos sin complejos «a tiempo y a destiempo» (2Timoteo 4, 2) que Él hará el resto.
- "Pelagiana" viene de Pelagio, un monje británico del siglo IV-V.
Pelagio enseñaba que el ser humano puede salvarse y cumplir los mandamientos solo con su esfuerzo, sin necesidad de la gracia de Dios.

Gonzalo Wilfredo Gòmez Olivas
De Matagalpa Nicaragua, católico, aficionado a la Teología, la Literatura, la Filosofía, la Historia, a la cultura en general...
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