Era una montaña. Era tan grande que la excursión para llegar hasta su cima podía llegar a durar un día entero. Cada una de las etapas de la subida tenía un banderín que alguien había destacado antes de mí. Eso me pareció siempre increíble: hubo una época en la que no existía, y alguien había escalado por la entidad que era mi abuela.
Yo no sé si vos alguna vez subiste una montaña, pero es toda una experiencia. Tenés que tener unas zapatillas cómodas, que se la banquen, y en lo posible ir con alguien que sepa el camino. Subir hasta la punta de la montaña que supo ser mi abuela era más sencillo. La primera vez que lo hice estaba descalza y tenía 3 años. Obvio que no me acuerdo, pero me lo contó mi mamá. Fue una gran hazaña después de una merienda de chocolatada y bizcochitos de grasa Don Satur.
Después de ese gran debut, subí muchas veces. En cada ocasión encontré algún nuevo detalle que guardé en mi memoria o en una lata de galletitas vacía que supo servir de alfiletero. Debajo de alguna arruga siempre había alguna receta de cocina o un pomo de crema de tomillo marca Just que me ponía en el pecho cuando tenía gripe. Una vez encontré una caja con ruleros y me llevé algunos para jugar a la peluquería más tarde.
Conocí muchas abuelas en mi vida. Algunas eran árboles que servían para colgar una hamaca de esas que se hacen con una llanta vieja. Otras fueron arbustos que cambian según la estación, perdiendo hojitas en otoño para recuperarlas en primavera. Hay abuelas que son pañuelos que se mantienen blancos a pesar del tiempo. También conocí abuelas que tenían espinas producto de vidas duras y de manos percudidas de lavandina. Lo que no encontré nunca fue otra abuela que fuera una montaña.
El tiempo iba pasando y mis amigas empezaron a venir a jugar a casa. Escalamos juntas la extensión de la montaña-abuela, y yo les mostré a todas y cada una los recovecos de sorpresas que había en algún pliegue. Mis amigas la amaron y me pedían por favor venir a jugar después del colegio, mi mamá nunca me dijo que no a esa pregunta. Yo caminaba orgullosa por los lugares sabiendo de mi suerte de tener semejante atractivo en mi casa. Cuando mi abuela se movía temblaba el piso. Su presencia imponente hacía que una siempre supiera cuando ella llegaba a la habitación y estoy segura de que no le molestaba.
Uno pensaría que una montaña dura para siempre, pero lamentablemente no. Como todo en esta vida, las montañas también van desapareciendo. La erosión mezcla de alcohol y pastillas empezó a hacer efecto en algún momento, pero no podría decir cuando. Yo no me di cuenta hasta el final de los tiempos, pero hubo señales, seguro. Tal vez el piso temblaba menos cuando su cuerpo entraba en una habitación. Capaz había menos sorpresas en los pliegues de su cuerpo rocoso pero blando a la vez.
Un día me di cuenta que si extendía mis brazos, podía darle la vuelta entera. ¿Sería que yo había crecido tanto? No, los estirones nunca llegan tan lejos. De repente la montaña gigantesca entraba justo en mi extensión y me asusté. Mi montaña empezó a achicarse y yo no pude hacer nada para que se quedara grande, a pesar de que intenté volver a guardar sorpresas en sus pliegues, a pesar de que le devolví los ruleros con los que jugaba a la peluquería. Ya no salía olor a bizcochuelo de sus manos y no encontré por ningún lado otra crema de tomillo marca Just que pudiera calmar las toses. Día a día, la montaña perdió volumen frente a mis ojos.
Cuando ya era tan chiquita que entraba en mi mano, la llevé a pasear. El aire fresco podía llegar a hacerle bien, así que la envolví en un repasador viejo para que no se vaya a volar ninguna parte, y juntas emprendimos el viaje hasta las esquinas que habíamos recorrido hacía mucho tiempo. No pesaba nada pero tenía un calorcito que te daba ganas de metertela en el medio del pecho o de abrazarla para dormir durante el invierno. Caminé con ella por los rincones del barrio en el que se había instalado tan paqueta hacía ya muchas décadas. Le mostré cómo habían cambiado los colores y sonrió, porque a pesar de ser montaña le gustaba mucho la ciudad con sus recovecos.
Mi montaña siguió haciéndose chiquita hasta que desapareció. La tierra que quedó de ella me la llevé a Piriápolis, no porque a ella le interesara esa ciudad sino porque me gustaba mucho el nombre y esa razón me pareció suficiente. Vi cómo volaba lejos mio, me fumé un cigarrillo mirando el mar, y me fui, no sin antes tirarle un beso que estoy segura que se llevó adonde sea que haya ido.
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