Una mariposa moribunda se posó en mi mano. Quisiera poder escribirle bellos versos. Bellos como los de Rilke, Tasso o los de aquel viejo ciego. Pero no puedo. Va a morir pronto, así como estas palabras lo harán. Lo único que queda para mí es contemplar la finitud de su existencia. Tratar de apresarla en mis reflexiones, en mis vagos pensamientos. En vano sería la contemplación solo con mis ojos porque lo único que ven es la pausa, la lentitud de los movimientos, el aleteo inútil y la fuerza inocua por seguir con vida. Ella se esfuerza por sobrevivir. No sabe que se apaga. Tampoco sabe que alguien la ve morir y escribirá sobre su muerte. Pero no le hará justicia, pues no será otra mariposa quien escriba esto, ni la piense, ni la recuerde. El viento, quizá. El sol, tal vez. La más bonita flor que le entregó su polen. Algunos huevos desparramados por las hojas. Y no mucho más. Habrá un porqué no interesado en admitirse explicación; habrá, por supuesto, alguien quien lo entienda. O la entienda a ella mejor dicho. No creo que le importe ser comprendida: va a morir. Pero voy a ser terco, lo admito, tengo que serlo mas por la memoria de su aplastada belleza que por la osadía personal de ir en busca de lo que está por perderse.
Ahora se desvanece, dejó el intento de aleteo. Pienso que debe recuperar energías; hace lo posible para volar de mi mano. Aguardamos pacientemente. Ambos queremos salir de aquí: ella para seguir con vida, yo para no tener en mi memoria otra muerte. La debilidad nos carcome, supongo, de distintas formas.
En un momento se cruzó por mi cabeza su taxidermización y así conservar la belleza de sus alas. Pero de nada sirve disecar solo para mantener su forma, aplanada en un cuadro, vuelta vacío. Juré, entonces, a mis adentros, devolverte a la tierra, al pastizal, al menos así, cuando no estés aquí, a tus alas las van a usar otros. No puedo hacer nada más. No debo hacer nada más. Ni todas las mariposas del mundo pueden hacer algo más por vos. Ni va a haber otra con el mismo patrón en las alas. Existes mientras debas de existir, y tu existencia será la única existencia que importa en este momento. Porque el momento también se desvanece, y habrá otras mariposas que se desvanecen al mismo tiempo; las múltiples existencias van a depender de aquellos que sean capaces de vislumbrar ese momento. Aunque sea insignificante, fútil, ajeno a lo humano. Nada le es ajeno a los que miran, al que se funde en pensamientos sobre la corriente que traspasa el vivir en su entereza, que nos solidifica como un nosotros. Y aunque no haya más que esto, que materialidad que desvanece, podemos trazar en los momentos un dejo de resplandor, una minucia de vida que parece eterna y a la vez frágil; algo más grande que esta mariposa y que esta mano; que la muerte y la vida, pero que no se presenta como un dios, sino mas bien como una barrera en el devenir mismo. Barrera, límite, tope: algo que nos para en seco y nos desnuda. La vulnerabilidad en su apogeo.
Sus alas y antenas se han marchitado. No hay espasmos en ninguna parte de su cuerpo. Ya en la tierra, las hormigas se pasan un mensaje secreto
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