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Una madre que soñó

Ivi

Jan 15, 2026

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Una madre que soñó
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Ya estoy rozando los 40. Me miran ahí, a 3 años de distancia; en realidad un poco menos porque en junio ya cumplo 38. Ni yo puedo creer que haya llegado tan lejos considerando las barbaridades que pensé sobre mí misma cuando era chica. Pero hoy soy, vivo y existo como si el ayer me fuera ajeno, pero sólo en parte, porque un pedacito de mí siguió soñando como si no hubiera un mañana. Yo pensaba que no había tal mañana, pero hubo muchísimos mañanas y me faltan otros miles de mañanas.

De piba me encantaba imaginarme arriba de un escenario. En mi cabeza, mientras bailaba las coreografias de los Backstreet Boys (yo siempre era AJ y todas mis amigas lo sabían, no se discutía... Aunque con los años descubrí que Howie tiene un talento enorme, pero no venimos a pelearnos por nuestro Boy favorito, no?), yo estaba en un escenario y había mucha gente sacándome fotos que después saldrían en la revista que todos leían - porque obvio que a todos les re importaba que yo a mis 10 años podía bailar discos enteros y que hacía gimnasia artística, y por eso mis paparazzis imaginarios me volvían loca -.

A los 15 eso no se me pasaba. Ya no bailaba como antes, yo pensaba que podía cantar. En mi corazón, aunque no me dio la edad para los castings, yo era una Bandana. Pasé por el de Cantaniño pero hoy me doy cuenta que no era lo suficientemente rubia ni lo suficientemente exótica para resaltar. Al menos ese día ví en vivo a Turf y me dieron un jugo y un alfajor de maicena que no me gustó. Mi abuelo le dio la plata a mi mamá para que pueda ir al casting porque en ese momento no había un mango, sin embargo mis abuelos siempre trataban de darme esa cosita que me hacía brillar los ojos. Me miraban bailar con paciencia, me compraban la revista con el póster que yo quería y me compraban la ropa que me gustaba (a veces). Mi abuela hoy estaría llena de orgullo de ver que al final sí pude ir al exterior y que puedo hablar bien inglés como ella, también, soñaba para mí.

Todavía no me sé vestir como creo que quiero vestirme. Los 40 me miran de cerca...

El tema es que ya no sé si importa cómo me quiero vestir. No digo que buscarme no sea importante, estoy en eso, pero arriba de este escenario a nadie le importó lo que tenía puesto.

En enero me subí a un avión, que no fue el primero, pero sí fue la primera vez que viajé sola, y me fui 15 días a Alemania solamente con una carry on, una carterita y un vestuario de show que me costó $30.000 argentinos. Un vestido negro de verano y una campera de jean finita. Eso y tres meses de clases de canto después de mucho tiempo, porque antes me estaba preparando para algo así con Lucas, que fue uno de los mejores profesores que tuve y le dije a un viejo amigo en su momento "este tipo es muy bueno, su banda va a explotar". Efectivamente, hoy están llegando a la cima y no sé si tendría tiempo de darme clases de nuevo, pero fue hermoso compartir con él charlas bien largas sobre Layne Staley.

Las clases que tomé en 2024 fueron un poco de casualidad. Yo solamente quería cantar para Michelle. No estaba ni segura de la canción y sabía que no tenía que ver con nada de lo que había en ese show, yo solamente sabía que Ivana de 15 años todavía no se había subido al escenario en las condiciones que ella quería. Sí, una vez canté con Shaila en Peteco's, pero eso fue en 2006. Me acompañó quien hoy es el papá de mis hijos y no quiso quedarse en el backstage, así que me tuve que volver a casa tarde y triste con él, porque yo quería compartir con esa banda y quién sabe qué hubiera pasado si esa noche yo me podía quedar... Pero por algo no fue.

Pero esta vez sí me subí al escenario y en condiciones que superaban a lo que yo alguna vez hubiera querido. Le estaba cerrando el show a la banda que me acompañó durante básicamente la mitad de mi vida. Yo no quería cerrar el show. Yo pensé que me tocaba antes que a ellos y después iba a poder verlos... Sin embargo, unas noches antes Michelle decidió que ese era mi lugar. Que como era su cumpleaños, todos íbamos a hacer lo que él quería. Lejos de la tiranía o la maldad, él armó su propio lineup de bandas y solistas para escuchar lo que quería.

Y después de dos horas de estar en la valla entre un grupo de italianos que estaban fascinados porque hice todo ese viaje para tres minutos de canción, ignorando que cerraba el show y que en realidad yo estaba en casa de Michelle hacía ya 10 días comiendo los chocolates de su mamá y durmiendo en la habitación que él me preparó para mí sola; después de llorar cuando escuché en vivo una de mis canciones favoritas (se llama Carpathian Gravedancer y me llega a niveles espirituales - y estoy hablando de esos llantos desconsolados, lo que las yanquis llaman "ugly crying"), me tuve que subir al escenario. Sin poder calentar la voz, con la garganta seca y sin tiempo de pasar por el baño porque sentía que iba a explotar de toda el agua que había tomado para cuidar mis cuerdas vocales. Yo fui. En ese momento ya ni me importaba.

El 25 de enero de 2025, cerca de la medianoche, en esa pequeña ciudad alemana llamada Heiningen, mientras yo cantaba como si fuera una profesional, fui todo. Fui todas las Ivanas. La de 10 que inventaba paparazzis (esta vez sí hubo fotos profesionales y hasta me mencionaron en un diario), la de 15 que era una Bandana (ahora canto de verdad después de mucho entrenamiento con Lucas y actualmente con una profesora muy estricta pero también muy dedicada y ocupada por mi salud en todo momento), y también la de 36, que hoy es madre, mujer, esposa, hija, hermana mayor, y todavía sigue soñando.

Porque si pude con esta fantasía que duró una vida, estoy segura que en lo que me resta de vida todavía hay más por cumplir. Ya estoy segura de muchas cosas y solamente me falta esperar. Paciencia no me falta. Voluntad tampoco. Y mi hijo también va a ver los frutos de estos sueños. Por eso, yo soy la madre que sueña. Espero que él le cuente mi historia a todos los que vengan en el futuro y ojalá se sienta orgulloso, y que sepa que él también puede soñar hasta el infinito.

Ivi

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