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Una luz en la tragedia

Mar 27, 2024

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Una luz en la tragedia
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El jueves 01 de abril de 2010, Gaspar estaba tirado sobre su pupitre escuchando una aburridísima clase de geografía, ya era la última hora de la jornada y faltaban solo 15 minutos para que el timbre indique que empezaba el fin de semana, los pibes estaban con el reloj en la mano porque encima era fin de semana largo, al día siguiente se conmemoraban 28 años de la Gesta de Malvinas. En ese momento se acercó la secretaria del colegio, golpeo la puerta un tanto desesperada, pero a la vez procurando ser cautelosa, le pidió a María Inés, la profesora, que se acerca un minuto, le dijo algo muy cerquita del oído como para que nadie descubra su misterioso mensaje y miro a Gaspar con una cara de lástima y ternura simultáneamente, la profesora hizo llamar a Gaspar y le dijo "tu tía Florencia vino a buscarte, está esperándote en el hall de entrada, guarda tus cosas y anda tranquilo, después te pones al día con la tarea". A Gaspar le llamó bastante la atención la situación, él siempre volvía solo a casa, y tampoco había recibido ningún mensaje avisándole que lo iban a buscar más temprano del colegio, hizo memoria para ver si no se había olvidado de algún cumpleaños o algo por el estilo, pero no era el caso.

A medida que iba bajando las escaleras una serie de malos augurios se le pasaron por la cabeza, cuando bajó y levanto la cabeza, vio a Florencia llorando con una tristeza que nunca antes había presenciado en ella, apuró el paso y le gritó"¿Flor, que paso?" Ella lo vio, y solo atino a apretarlo en un abrazo y a susurrarle en el oído con la voz toda entrecortada que su papá Javier había fallecido en un accidente de auto esa mañana. En ese momento a Gaspar se le desmoronó el mundo, su papá era todo para él, amigo, consejero, confidente, entrenador, pero antes que todo eso, Javier era un gran padre.

Javier trabajaba en un correo, manejando una camioneta en la que llevaba paquetes para dejar en distintos domicilios de CABA y a veces le tocaba ir a Provincia, como esa mañana, que estaba medio molesto porque tenía que dejar un paquete en San Isidro, Javier vivía en Flores, y tenía que cruzar toda la ciudad y un tramo más para dejar ese puto paquete, pero como ya era viernes le puso buena voluntad, se despertó, puso el agua para el mate y pensó que además era buena idea llevar a Gaspar al colegio, Gaspar estaba en 5º año de Humanidades del Colegio Fasta Monseñor Aneiros, sobre en la calle Felipe Vallese y Gral. Artigas, y a Javier le quedaba de pasada para arrancar con los repartos, de paso le encajaba unos mates a Gaspi, como le decía él, que nunca quería desayunar en casa.

Durante el trayecto la conversación no fue muy fluida, Gaspar se había quedado hasta las 3.30 jugando al FIFA y tenía un sueño tremendo, y como con cualquier adolescente cuesta conseguir una charla matutina. Javier le preguntó que quería comer a la noche, a lo que Gaspi le contesto"no como en casa esta noche viejo, cumple años Santi y comemos unas pizzas en su casa". La charla no se extendió más, ya estaban en la puerta del colegio y aunque nunca se lo dijo, a Gaspar le daba un toque de vergüenza llegar en la camioneta del trabajo de su papá, así que le dio un beso frío, y se bajó rápido para meterse en el colegio, sin saber que ese sería el último momento que iban a compartir juntos.

Son las 16.00, Gaspar y Flor llegan a la sala velatoria en Flores, venían de la casa de Javier, donde habían estado sentados en el comedor guardando un profundo y tajante silencio durante horas y el único sonido que emitían cada algunos minutos era el llanto amargo de una perdida que se lleva una parte propia. Cuando Gaspar entro en la sala, todos los que estaban adentro dieron media vuelta para mirarlo con esa típica y repudiable mirada lastimosa que parecen ensayar solo para estas ocasiones. Después de algunos abrazos y algunos "lo siento mucho" forzados, se acercó al cajón a tener esa última conversación con papá, la que todos los que hemos perdido un ser muy cercano hemos experimentado, aunque duela muy adentro.

Pasaron dos o tres horas, Gaspar ya había tomado unos cuantos cafés para seguir despierto, cuando llegó Santi, que aparte de ser su mejor amigo estaba cumpliendo años, sin decir nada, se abrazaron por 30 segundos mientras se empapaban sus hombros el uno al otro con lágrimas de dolor. Se me ocurre que ahí, ese día, en ese abrazo, los dos entendieron lo que significa la amistad, lo que significa acompañar sin palabras, sin nada para decir, solo acompañar.

Gaspar lo invitó a sentarse y le pregunto si quería un café, como si fuesen dos tipos de 45 años que están por firmar un 08 de un auto, Santi le dijo "¿No tendrán una coca acá?", y en ese instante a Gaspar, que estaba pasando por el momento más duro de su corta vida se le escapó una risa, no fue una carcajada, tampoco una risa obligada, fue una risa genuina y con sonido, algunos de los presentes lo miraron porque no entendían que motivo podía tener el chico para reírse. Y es ahí cuando entendí que siempre, después de una tragedia, se prende la luz.

Matias Perez Hidalgo

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