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Una infancia

Nov 8, 2024

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Una infancia
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Padre. Madre. He matado a su hija. Su muerte no fue en vano. De su cuerpo, a penas muerto comenzaron a aflorar de la boca unas libelulas violetas aproximadamente de 10 centimetros de largo y volaron a cantar con las alas. Las vibraciones provocaron que lloviera y se mojo todo su cuerpo. Por la lluvia el cuerpo se hinchó de un aire verde y se fue para arriba. Flotando allá se cayeron algunas pieles y la carne no era roja, era violeta como las libélulas, como la lucha, como la linea que divide la noche del día. De esas carnes se alimentaron algunas aves carroñeras e incluso un tiburón que andaba perdido. Intenté ahuyentar los bichos pero la sangre estaba muy a la vista. Lo mejor se dió cuando, de tanto carroñero y carne vieja, asomaron sus huesos, porque eran de un dorado brillante. Era una fiesta allá arriba donde estaba, le daba el sol de la mañana y brillaba y brillaba. Bailaba con el viento, danzaba entre ramas, hojas de otoño o de verano, unas nubes le besaban la boca, le volvian a humedecer los huesos, esa condensación sólo la hacía brillar más. Cuando hubo frutos, se le pegaban los dulces en las articulaciones. Las mariposas y picaflores crearon nidos entre las costillas y se le llenó el pecho de huevitos mezcla de plumas con antenas, que en un momento dado salieron a volar tambien. Fue hogar. Todo ese cuerpo volador trasmutó, cambió porque se pudrió y de esa descomposición crecieron todo tipo de cosas: árboles que se tiraron a morir a la tierra, peces que le nadaban la mirada hueca, los pájaros picaflores y mariposas estan mencionados más arriba, un peculiar calamar o pulpo, cosa rara que no distinguí porque era muy molusco para ser de este mundo, que en la boca abajo tenia una manzana roja como el fuego: en fin, un montón de diversidades.

Sin embargo hay algo que no cambió. Que sigue entre esos huesos despellejados que andan por allá flotando. Ha permanecido intacto un corazon que no es de nadie, no es músculo ni carne, es puro latir. Solo pude ser testiga de esa propia muerte que también era un nacimiento. Su niña no se fue para siempre. Acompaña a quien comunica como un globo atado a la oreja. No lo puedo desanudar, lo intenté muchas veces pero escindirme de esa muerte es imposible. La lloré tanto, no saben cuanto, porque a veces me asustaba de noche con una risa salida de la traquea o se le colaba el viento tan fuerte que parecía un aullido.

Padre, Madre, siento mucho ésta muerte que anuncio. No fue en vano, repito y amplío: de toda esa junta de cosas vivas que juegan ahora dispersas por el mundo salí yo también. Soy sólo mensajera, ni siquiera recuerdo sus nombres. A pesar de mi pinta, soy tan humana como ustedes. Les agradezco haber traido a esa niña a este mundo porque no puedo dejar de apasionarme por lo endemoniadamente hermoso y contradictorio que en él habita. No les vengo a traer el cuerpo tampoco, tendrán que hacer el luto sin él. Pueden verlo si quieren porque está atado a mi oreja, pero no se los recomiendo. Cuando termine de hablar, habrá sido el final de ésta relación, me iré para siempre o quizás vuelva a visitarlos. Gracias por el café, me retiro si tienen preguntas para que puedan esbozar alguna respuesta en soledad.

Rocío Giménez Ferradás

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