Veo mi vida como una gran casa, con habitaciones, ático, sótano y jardín, lo suficientemente basta para reflejar los pocos o muchos 23 años. Una casa llena de recuerdos, olores, sentimientos y objetos, cada uno ejecutando su identidad de símbolo.
El olor de aceite quemado de mi primer trabajo, las diademas de mi infancia, las fotos de mis hermanas, la musicalidad de las peleas, la mesa maldita, la cama compartida y una tele en cada espacio.
Pero sin importar cuánto crezca, ni si he madurado, la tristeza tiene su propio lugar, tiene su propia habitación.
Mientras que lo demás convive y se nutre de la compañía, la tristeza me pide que la vaya a ver de vez en cuando. No vive en el sótano, ni en el ático, esta justo donde quiere, lo suficientemente cerca y obvia; Me suelo negar a entrar, pero hasta las mujeres maduras como yo aceptamos entrar para recostarnos.
Sentir la miseria misma de vivir; Llorar, por el pasado, el presente o el futuro -eso da igual-, pero sobre todo, entro en mi condición de niña inútil, le digo en voz alta todos mis miedos y ella se atemoriza conmigo.
La tristeza siempre ha tenido una habitación propia, antes de construir los rincones coloridos que componen esta mansión, ella ya existía.
Suelo preguntarle si ella es parte de mi o si acaso yo soy de ella, no me contesta, solo me mira, dentro tengo la respuesta. La fragilidad con la que me sujeta, las canciones que me canta, los recuerdos que escribe, me son invaluables, solo ella me convence de querer irme y al mismo tiempo, solo ella me convence de querer quedarme.
Porque un día esta gran casa se hará pedazos, perderá sus cimientos y así como caeré yo, ella también.
La tristeza tiene su propia habitación, vive en mi casa, no me presiona, no cuenta los dias, espera a que yo la traiga a mi memoria y siempre me deja pasar. Duermo con ella, a veces, solo a veces.
Ella se queda ahí, sabe cual es su lugar, no viene a mí, yo soy quien toca la puerta, es el dilema de la vida, hablar o morir.
Tocaré la puerta, como en cada ocasión, esperando ya no volver, ya no necesitarla.
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