Una Flor Extraña y Hermosa
El placero fue el primero en verla. La descubrió una mañana de domingo, cuando todo el pueblo dormía. Estaba al costado de la fuente de agua, y este hombre no pudo evitar la sorpresa. Era una flor extraña y hermosa y, a pesar de que esa plaza era como el patio de su casa, nunca la había visto antes. Estaba allí, como si hubiera germinado y crecido durante la noche, para abrirse a la primera claridad del día. Pero esto , al placero no le importó. Su primera reacción fue protegerla, y para ello, la cercó con una tela de alambre que encontró en su casa.
Ese domingo avanzó, y, a medida que lo hacía, se sumaban los curiosos que la miraban y quedaban prendados por la belleza y el color indefinido de esa flor. Solo días después, un vecino contaba, feliz, que en el patio de su casa había aparecido la misma flor. Y no solo una: eran tres plantas que derramaban esa flor hermosa y extraña. No fue necesario que su casa fuese invadida por vecinos curiosos, ávidos de contemplación y belleza, ya que la flor parecía multiplicarse por todo el pueblo.
Un señor que se jactaba de conocer sobre el universo de las flores aseguró que era una especie que se reproducía rápidamente y que, favorecida por la bondad de la tierra de ese pueblo, crecía en todas partes. La aparición de la flor en lugares donde casi no había tierra no representó ninguna contradicción a esta teoría. Por consiguiente, no hubo reparo ante la propuesta de usar la proliferación de esa flor hermosa y extraña con fines turísticos.
Pronto, el pueblo se vio atiborrado de turistas de fines de semana. Solo una persona, un viejo algo solitario que vivía no muy lejos de la plaza, se mantuvo ajeno al entusiasmo que embargaba a ese pueblo. Un pueblo que vivía con algarabía mientras esa flor desplegaba su belleza en los patios, los canteros, los bordes de las calles y las veredas. Estaba en todas partes.
Un domingo por la mañana, cuando se cumplían dos meses desde aquel domingo en que el placero descubrió la primera flor, ese viejo solitario se sentó en un banco de la plaza y cambió unas palabras con el placero sobre esa flor. Le contó que ya la había visto en otro pueblo. Como en este pueblo, la flor extraña y hermosa había aparecido un día de la nada y se había esparcido en cuestión de días. Al igual que aquí, parecía no necesitar tierra para crecer.
—¿Qué pasó con ese pueblo? —le preguntó el placero.
—Está desbordado de esta flor —le contó el viejo—. Solo hay flores —agregó después.
—¿Y la gente? —insistió el placero.
—¿La gente? —El viejo hizo silencio y, después, prosiguió—: Si uno se acerca a una de las flores y afina el oído, puede escuchar, en un murmullo lastimoso y lejano, un pedido de auxilio —respondió sin apartar la mirada de la flor.
El placero se marchó con una sonrisa incrédula e irónica dibujada en su rostro.
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Hugo Arce
Escritor / Cinéfilo / Acabo de publicar un libro . Escribo sin saber hacia dónde me dirijo .
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