Todo va más lento,
o quizá soy yo el que se adelanta,
o el que se queda atrás,
o el que dobla la esquina antes de entrar.
El universo cambia y se desdice,
se curva, se descruza,
se hace un ovillo y se deshace,
y sin embargo, nos movemos.
Ya ni las horas, ni los días, ni las nubes
se estiran hasta encontrar su origen.
El tiempo se enrosca y se despliega,
se traga a sí mismo.
No somos de carne ni de aire,
somos menos materia que vacío,
rostros borrosos en el agua,
galerías de cuadros que no existen.
El universo así se observa
desde infinitos puntos de vista,
y nacemos en cuerpos endebles
como quien se viste de lluvia.
¿Y si morir no es más que un salto
de cuadro en cuadro,
como en esas películas viejas
donde los fotogramas se queman,
y ya nadie sabe si hubo un final?
Yo digo no soy un ser en el tiempo,
sino que, de alguna manera,
el tiempo "dormita" en mi piel,
como las sombras de las cosas
cuando se interceptan
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