Estaba un día cualquiera, entrenando en el gimnasio al que suelo ir, cuando de pronto recibí un mensaje de mi tía. Me contó que la prima de la esposa de mi tío—una mujer a la que había conocido un año atrás, durante un viaje familiar a Estados Unidos—se había suicidado.
La noticia, en ese momento, no me sacudió demasiado. Sí me pareció impactante, pero no lo suficiente como para detener lo que estaba haciendo. Continué con mi rutina, como si esas palabras aún no encontraran un lugar dentro de mí, como si no terminaran de asentarse.
Al principio, ni siquiera podía recordar bien su rostro. Era como si mi mente se resistiera a traerla de vuelta. Pero, a medida que mi tía me daba más detalles, su imagen comenzó a reconstruirse: una mujer joven, de caderas anchas, cabello largo. Recuerdo que la primera vez que la vi me pareció curioso —casi gracioso— que tuviera un poco de labial en los dientes. Era extrovertida. Parecía una buena persona.
No fue sino hasta la noche, en la quietud de mi habitación, cuando el tiempo se abre y las preguntas empiezan a filtrarse, que la historia comenzó a pesar. Me dijeron que sufría de depresión y que se había quitado la vida con la pistola de su novio, disparándose en la cabeza. No la conocía realmente; apenas habíamos cruzado palabras una vez. Aun así, no pude evitar imaginar el abismo que tuvo que atravesar: la angustia, la desesperación, el punto exacto en el que vivir deja de ser una posibilidad.
No sé si fue un impulso o una decisión largamente pensada, pero lo cierto es que ese acto lo cambió todo: el paso abrupto de estar viva a no estarlo, y una herida que su familia cargará para siempre. El 2 de mayo dejó de ser una fecha cualquiera.
Me conmovió más de lo que esperaba. Tal vez porque, en cierta forma, me sentí cercana a algo de eso. Pensé que quizá no encontró más salidas, que no hubo algo —o alguien— que lograra sostenerla. Una desconexión profunda: con la realidad, con su cuerpo, con la existencia misma. No sé realmente qué es la depresión más allá de lo que dicen los manuales, lo que estudié o lo que repiten las definiciones. Sospecho que nadie puede comprenderla del todo sin haberla habitado. Nadie puede colocarse completamente en ese lugar.
Reconozco que en mí han existido altibajos emocionales: pasar de la euforia a un vacío intenso en cuestión de instantes. Pero sé que no es lo mismo. De un bajón uno suele volver, aunque cueste, aunque el cuerpo pese. Pero hay estados que no solo desgastan: consumen. Y en ese desgaste extremo, la vida puede dejar de sostenerse.
Por eso, quienes hablan del suicidio en términos de valentía o cobardía se equivocan. No es ninguna de las dos cosas. Es desesperación, es desesperanza, es un dolor que desborda cualquier lenguaje. Es habitar un lugar donde pedir ayuda ya no parece posible, o donde ya no tiene sentido intentarlo. No se trata de justificarlo ni de condenarlo: solo quien ha estado en ese borde puede dar cuenta de lo que allí ocurre.
Esa noche, inevitablemente, mi pensamiento se desplazó hacia otra pregunta: ¿qué pasa después de la muerte? ¿Somos solo un cuerpo, o hay algo que permanece? La conciencia —eso que sentimos como “yo”—, ¿se apaga o continúa de alguna forma?
A lo largo de la historia, religiones, filosofías y teorías han intentado responderlo. Y, sin embargo, seguimos sin saber. En pleno siglo XXI, en medio de tantos avances, la muerte continúa siendo un misterio. Tal vez porque para entenderla habría que atravesarla. Tal vez porque, en el fondo, evitamos mirarla de frente. La pensamos, la tememos, la esquivamos, prolongamos la vida como si así pudiéramos mantenerla a distancia. Y aun así, no logramos comprenderla.
Pienso en las múltiples posibilidades: el alma que trasciende, la reencarnación, otras dimensiones, la disolución en la tierra, incluso teorías más extrañas. Todas suenan posibles; todas, al mismo tiempo, inciertas.
Ser humano implica esto: cuestionarlo todo. Es curioso cómo un solo hecho —la muerte de alguien casi desconocido— puede abrir una grieta por donde se cuelan todas las preguntas. A veces me pregunto si no sería más sencillo vivir como los animales, guiados por el instinto, habitando el presente sin el peso del pasado ni la ansiedad del futuro. Tal vez serían más libres, más ligeros, conformándose con lo esencial. O como Epicuro, quien sostenía que la muerte no es nada porque cuando existimos ella no está y cuando está, ya no existimos.
¡Pero que dificultad para el ser humano conformarse con eso! No somos así. No sé si eso es una virtud o una condena. Porque habitamos la contradicción en absolutamente todo y es esa misma inconformidad la que nos impulsa a avanzar, a crear, a descubrir… pero también la que nos aleja de la calma. Siempre queremos más, siempre buscamos respuestas. Y en ese intento constante, a veces olvidamos lo más simple: contemplar, estar.
Una entre tantas reflexiones sobre Tánatos.
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