Debajo la capucha,
¿qué habrá de cerca?
Esos ojos desorbitados
inmantados al chasquido del encendedor también brillan,
me cautivan.
Un trozo del cielo oscuro se posa en tu rostro.
Atento observo su movimiento y digo que sí,
pronto será de madrugada.
Aún no se sabe qué fue de los perros que desaparecieron después de las doce,
<¡ahí tenés a los pelotudos!> dijiste al ver los cohetes estallar en medio del griterío y la cumbia al palo y sí, tenés razón,
ojalá les estallaran los sesos del mismo modo.
<Pronto será de madrugada> pensé — luego se hablará de quién se pasó y se ahogó,
como siempre,
nada nuevo.
¿Acaso eso es todo lo que hay?,
¿nada más que un nicho del municipio en el cementerio?
Yo quería algo más elegante,
algo más especial;
tu mirada de gárgola hechizada cuidándome por siempre,
algo.
Vuelvo a casa temprano sin muchos planes en mente — sólo la soledad sabrá verme de frente sin temblar,
sin preocuparse por lo que de verdad me sucede; pienso
<una melodía cualquiera me distraerá fácilmente> pero nada suena.
A la noche del otro día nada suena.
Todos parecieran estar durmiendo, no sabría cómo ilustrar esa sensación de vaciamiento;
es como un hueco en medio del pecho por donde el sonido pasa y se convierte en silencio.
<Pronto será de madrugada> pensé.
Escucho cómo la sangre corre y me rindo;
el corazón aún bombea,
su eco es un taladro.
Hace horas vengo siguiéndole el ritmo a ese ruido enfermo que no sale de acá — como si se hubiera atascado en alguna parte de mi cerebro.
Pienso en lo que dijiste y aún lo considero:
si luego de esta noche sobrevivo diré que te quiero.
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