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Una carta para mi musa

Aug 3, 2026

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Una carta para mi musa
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Hoy era mi día libre.

No tenía horarios, alarmas ni mensajes urgentes esperando respuesta, así que decidí salir de casa sin un destino claro, solo con la necesidad de caminar un rato y escucharme por dentro, porque a veces vivimos rodeados de tantas personas que terminamos siendo extraños de nuestra propia voz y olvidamos preguntarnos cómo estamos realmente.

Seguí una calle cualquiera mientras el sol del mediodía quemaba mi cuello y el viento soplaba como si quisiera acompañar mis pasos.

Y mientras caminaba pensé en ti.

O quizá pensé en la idea de ti.

He recorrido tantos caminos, he conocido a tantas personas, algunas me han sonreído, otras me han mirado con prejuicio, algunas se quedaron apenas unos días y otras se marcharon sin despedirse, y aun así nunca he conocido esa mirada llena de amor que uno imagina cuando todavía cree en los finales felices.

No te escribo con tristeza.

Te escribo con curiosidad.

Con la curiosidad de saber quién podría querer compartir el desayuno conmigo, discutir qué canción poner mientras lavamos los platos, salir a cenar cuando las estrellas iluminen el cielo y regresar a casa hablando de cualquier tontería como si fuera el tema más importante del universo.

A veces me pregunto dónde estarás.

¿Te conoceré en un trabajo?

¿En el bus que tomo cada madrugada?

¿En una fila cualquiera mientras esperamos el cambio?

¿Vivirás en mi ciudad o al menos en mi país?

¿O serás solamente ese sueño que me visita de vez en cuando para recordarme que todavía sé imaginar?

Porque hay noches en las que apareces.

Te abrazo con todas mis fuerzas y, aun así, no consigo ver tu rostro.

Es como si estuvieras tan lejos que te viera difuminada, pero tu figura permanece y tu voz logra alcanzarme, suave, lejana, como una canción que alguien canta desde otra habitación.

He pensado mucho en el amor y creo que es una felicidad triste, hermosa como pocas cosas en este mundo.

Pero cuando no lo tienes miras a otras personas con una envidia inocente, parecida a la de cuando eras niño y tu compañero tenía un juguete más bonito o un dulce más grande y uno fingía no desearlo mientras lo observaba de reojo.

Quizá por eso lo sigo escribiendo en mis libretas.

Porque todavía hay un niño dentro de mí que se sienta aparte a dibujar una casa para dos.

Una casa pequeña, con ventanas grandes, una guitarra apoyada junto al sofá y un gato ronroneando en una esquina mientras la tarde se llena de música.

Si algún día llego a conocerte y puedes leer estas palabras, espero que no sea demasiado tarde, porque hay cosas que llevo años queriendo decirte.

Espero poder cantarte en una tarde de sábado, regalarte un concierto acústico improvisado mientras el café se enfría sobre la mesa, escribirte tantas canciones que termines teniendo un álbum hecho solo para ti, uno donde cada melodía tenga un pedazo de mi vida y un pedazo de tu risa.

Quisiera dibujarte en distintos momentos.

Cuando lees en silencio.

Cuando te enojas por algo pequeño.

Cuando te quedas mirando la tele viendo tu serie favorita.

Quisiera llenar cuadernos enteros con tu presencia hasta que el grafito aprenda la forma exacta de tu sonrisa.

Y sobre todo quisiera salir contigo a caminar.

Caminar sin prisa, a un ritmo tan lento que podamos contemplar los árboles, el cielo y hasta los edificios, detenernos solo para mirar cómo las nubes cambian mientras seguimos avanzando.

Tomar tu mano.

Sentir el calor de tus dedos.

Y descubrir, después de tantos años buscando, que por fin estoy en casa.

No sueño con fuegos artificiales ni con historias perfectas.

Sueño con lo sencillo.

Con despertarme un domingo y encontrarte todavía dormida.

Con preguntarte que quieres de almorzar.

Con escucharte cantar una canción que ambos amamos.

Con discutir por qué planta poner en el balcón y terminar comprándolas todas.

Con envejecer sin miedo al paso del tiempo, justamente porque sabremos que estaremos juntos sin importar la edad.

Últimamente me he sentido más viejo de lo que soy.

No por los años, sino por las veces que tuve que recoger mis propios escombros y volver a levantarme como quien reconstruye una casa después de una tormenta.

Y aun así, incluso en los días más grises, hay algo dentro de mí que se niega a rendirse, algo que todavía cree que en alguna parte existe una mujer con la cual podamos sembrar la semilla de un mundo para dos, más tranquilo, más humano.

La noche cayó y las luces de la ciudad empiezan a encenderse una por una.

Sigo caminando.

Y mientras avanzaba me atreví a hacer algo que casi nunca hago: entrar al cine solo.

Compré una entrada sin pensarlo demasiado y me senté en una de las últimas filas. 

Al principio me sentí extraño, como si la soledad ocupara más espacio que mi propio cuerpo, pero poco a poco comprendí que debo aprender a convivir con ella, aceptar la individualidad humana y dejar de verla siempre como un castigo.

Estoy acercándome a una edad que otros llaman madura y, sin embargo, sigo llevando un corazón de niño.

Lo curioso es que ese niño todavía sueña, disfruta los personajes en la pantalla grande, come palomitas de maiz mientras se deja envolver por una historia ajena.

La película terminó hace unos minutos y todavía sigo pensando en ella.

Tenía un ritmo lento, casi obstinado, como si se negara a correr detrás de la rapidez de la sociedad actual, y quizá por eso me gustó tanto.

Su banda sonora era preciosa. 

Hubo un par de canciones que me hicieron pensar inmediatamente en ti y me descubrí imaginando el día en que pueda enviártelas y decirte:

“escucha esta parte, aquí estabas tú antes de conocerte”.

Es extraño amarte incluso antes de saber quién eres.

Antes de escuchar tu risa.

Antes de conocer tus manías.

Antes de comer a tu lado o discutir qué postre pedir.

A veces me siento un poco tonto por escribirle una carta a alguien que tal vez no exista, como si fuera un romántico atrapado en una utopía mental, pero prefiero conservar esa locura antes que convertirme en alguien incapaz de sentir ternura.

Tal vez por eso el único amor correspondido que conozco

hasta ahora es imaginario e intangible.

Y aun así, de alguna forma, me acompaña.

He visto demasiadas parejas romperse.

Parejas cercanas, parejas que parecían tenerlo todo, parejas

que se suponía debían enseñarme cómo amar.

Y cuando las vi herirse por miedo a quedarse solas entendí algo importante:

eso no es lo que quiero para mi vida.

Prefiero caminar en independencia hasta que me duelan los pies, sentir el frío en las manos y aprender a sostenerme solo a pesar que el huracán me quiera derrumbar, aceptó ése destino antes que volver a vender mi persona por un poco de cariño.

Ya lo intenté alguna vez.

Y no funcionó.

Después del cine entré a una cafetería pequeña para refugiarme del viento.

Pedí un café sin esperar demasiado y terminé encontrando uno de los mejores que he probado en mucho tiempo. 

Mientras lo tomaba pensé que ojalá algún día pudiera traerte aquí, sentarnos junto a la ventana, reírnos de la vida misma, hablar de nuestros miedos y complejos, descubrir que dos personas pueden sentirse menos solas cuando se atreven a mostrarse tal como son.

Salí con ése dulce aroma en mi nariz, con ése rico sabor en mí y me dispongo

a volver a caminar.

Debo regresar a casa, no vivo tan cerca del cine y el camino de vuelta será una nueva travesía de pensamientos. 

Ya vi algo que me hizo sentir feliz por un instante, bebí algo que calentó mi pecho, pero ahora nuevamente una brisa sacude mis huesos.

No soy un amante de la noche.

Salgo muy poco a estas horas, suelo estar en casa tocando la guitarra y cantándole a esa musa invisible. 

Qué gracioso debe ser eso: ofrecerle canciones a un público de cero personas y, aun así, sentirte tan cerca de mí que por momentos olvido que todavía no existes en mi realidad.

A veces pienso que cualquiera diría que perdí la cabeza, que debería conformarme con algo casual para aparentar que estoy bien, pero no creo en los vínculos pasajeros. 

Si no puedo construir un hogar, si no puedo formar una conexión desde lo más profundo de mi alma, entonces prefiero sentarme a mirar el cielo. 

Sería infinitamente más feliz que entregando mi tiempo a algo que no tiene raíces.

De camino a casa vi tantas personas con miradas de enojo, de frustración, inclusive lujuria, avaricia, la noche tiene ésos matices.

También vi una pareja discutir y me pregunté por qué pelean las personas. ¿Celos?, ¿falta de amor? ¿miedo? Creo que el ser humano, cuando no está cómodo con su vida, termina irritándose con el mundo entero.

Por un instante pensé que era absurdo discutir en vez de quererse, pero qué sabré yo, un soltero empedernido no tiene mucha autoridad para hablar del amor. 

La última persona que pasó por mi vida probablemente me odia y yo la quise hasta que dolió. 

Las percepciones son tan ambiguas.

Seguí caminando y de repente sentí que daba vueltas en círculos tratando de encontrar mi casa. 

Creí haber tomado el camino correcto y terminé perdido en calles que no reconocía. 

No pude evitar reírme y pensar qué me diría alguien que realmente me quisiera. 

¿No hay problema, ya encontraremos el camino? ¿O me recordaría que ni siquiera sé volver a casa?

Siempre he querido ese amor comprensivo que te motive cuando tomas la ruta equivocada, no el que te juzga por haberte perdido.

Continué avanzando y tomé una fotografía del cielo. 

Era una postal hermosa. 

Me habría gustado guardarla en un álbum lleno de viajes y aventuras compartidas, pero si las cosas no cambian quizá termine siendo el álbum de un solo pasajero.

El hambre no me dio tregua y terminé entrando a un restaurante.

Pedí una pizza personal, un clásico “pizza para uno”, y me senté en una mesa de dos sillas.

La otra estaba vacía, como siempre.

Y aun así no sentí tristeza, solo una pregunta se sentó conmigo: ¿y si no todos nacimos para existir en pares?, ¿y si algunos somos viajeros que aprenden a recorrer el mundo solos antes de encontrar compañía?

Comí despacio.

La masa estaba caliente, el queso todavía humeaba y, por un momento, la vida pareció mucho más sencilla de lo que suelo imaginarla.

Me descubrí pensando que me gustaría invitarte aquí algún día. 

O quizá a un restaurante mejor, uno de cinco estrellas. 

Aunque después me reí solo y pensé que tal vez debería dejarte elegir ya tuve que decidir muchas veces una mesa para uno.

Dejé una propina sobre la mesa y salí nuevamente a la calle.

El reloj marcaba las once de la noche.

Entonces recordé esa costumbre que tienen algunas personas en pedir un deseo a las 11:11. 

Me senté en una banca de un parque camino a casa y esperé el minuto exacto. 

Cuando el reloj cambió cerré los ojos y, durante sesenta segundos, pedí algo que me dio un poco de vergüenza incluso frente a mí mismo.

Pedí que te manifestaras.

Que un día dejaras de ser una idea.

Que me saludaras en una calle cualquiera.

Que me reconocieras sin saber por qué.

Cuando abrí los ojos me reí de mi propia ingenuidad, de mi incredulidad y también

de mi curiosidad. 

¿Funcionará realmente pedir deseos a una hora específica? 

No lo sé, pero supongo que quienes aún piden deseos es porque todavía no han renunciado del todo a la esperanza.

Seguí caminando hasta llegar a casa.

Preparé la mochila para enfrentar un lunes más en el calendario, dejé lista la ropa del trabajo y me acosté con una paz extraña. 

Quizá hacer las paces conmigo mismo también sea una forma de atraer aquello que es cálido, amable y amoroso.

Dormí como hacía tiempo no dormía.

Y soñé contigo.

Siempre apareces igual: sé que eres tú, puedo sentir tu presencia, pero tu rostro brilla tanto que es imposible distinguirlo, es como mirar directamente al sol.

Desperté a las cuatro de la madrugada.

Lunes.

Preparé el café de siempre y sonreí al probarlo.

No tenía nada que ver con el que bebí ayer. 

Aquel sabía a chocolate y tenía un aroma dulce, con notas de avellana y nuez; este sabía a rutina, a sueño y a madrugada.

Mientras intentaba espantar la pereza pensé algo que me acompañó hasta la puerta: ¿y si hoy es el día en que te conozco?

Quizá suene absurdo.

Tal vez hoy solo sea otro lunes.

Tal vez vuelva a tomar el mismo bus, a mirar las mismas calles y a perderme entre las mismas personas.

Pero me gusta pensar que el amor no siempre llega con un anuncio, a veces entra en la vida disfrazado de una conversación breve, de una mirada casual o de alguien que se sienta a tu lado sin saber que llevaba años esperándolo.

No sé cuántos años pasarán.

Ni siquiera sé si llegaré a conocerte.

Llevo mucho tiempo hablándole a una mujer que todavía no conozco y, aun así, siento que ya le debo algunas canciones, varios dibujos y un montón de cafés compartidos.

Quiero que sepas algo.

No espero que vengas a salvarme.

Solo espero que, si la vida decide cruzarnos, podamos acompañarnos.

Quisiera escucharte cuando el mundo te canse, celebrar tus pequeñas victorias, prepararte café en las mañanas difíciles y sostener tu mano en silencio cuando las palabras no alcancen.

Quisiera que te sintieras segura a mi lado.

Quisiera que mi casa pudiera convertirse también en tu refugio.

Y quisiera, sobre todo, que nunca tengas que dudar del cariño con el que te miraría.

Voy saliendo al trabajo.

El cielo todavía está oscuro y la ciudad apenas despierta.

Me marcho una mañana más, con sueño, con frío y con la esperanza intacta.

Ojalá la vida te trate con la misma ternura con la que yo te imagino.

Y si algún día nuestros caminos por fin se encuentran…

espero reconocerte no por el rostro, sino por la calma que le traerás a mi alma.

Por esa sensación extraña de pertenencia al lado de otro ser.

No sé si existes fuera de mis letras.

Después de tantos años aprendí que el amor no siempre llega y que también hay personas que pasan la vida entera buscándolo sin encontrarlo, y por primera vez me atrevo a mirar esa posibilidad sin huir de ella.

Quizá sea uno de esos hombres hechos de una sola pieza, una ficha comodín que encaja un instante en muchos lugares pero no pertenece del todo a ninguno.

Quizá mi historia no esté escrita para dos.

Y aunque esa idea me asusta, también intento comprenderla.

He visto gente más joven construir hogares, tener hijos, discutir por nombres, cumpleaños y colegios, mientras yo sigo caminando por ciudades que a veces siento prestadas, preguntándome dónde estará mi hogar.

Durante mucho tiempo pensé que había algo defectuoso en mí por no haber llegado todavía a esa estación donde otros parecen haberse quedado.

Hoy ya no estoy tan seguro.

Tal vez cada vida tiene un ritmo distinto.

Tal vez el amor no es una recompensa por portarse bien ni una meta que se alcanza antes de cierta edad.

Tal vez simplemente ocurre… o no ocurre.

Espero al menos no perder nunca esa parte de mí que fue capaz de escribirte una carta sin conocerte.

Todo por el tiempo que nos tome coincidir en esta vida.

Ya te escribí bastante; espero que, al leer estas palabras, al menos puedas reírte un poco de mí.

Porque aunque te busque y aunque te espere, empiezo a sentir que la vida es un recorrido demasiado largo para ir corriendo.

Quiero relajarme en el camino; no tengo afán por llegar a ninguna meta.

El verdadero premio es disfrutar el recorrido.

Y si algún día decides acompañarme en algún tramo del camino, aunque sea breve, seré inmensamente feliz.

Y si el destino me deja solo, entonces tendré la obligación humana de aprender a ser feliz conmigo mismo.

Así que me comeré un caramelo, pondré esa canción que me regala alegría y dejaré fluir mi mente; quizá en la próxima esquina crea ver tu sonrisa.


Nicolas Olarte

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