Pasó un largo tiempo desde la última vez que me sentí apreciada,
desde que unas manos tiernas al tacto
acariciaron mi piel.
Mis piernas, desvestidas y expuestas
—al igual que mi alma—
decoraron aquella cama con sábanas revueltas.
Pasó un largo tiempo desde la última vez que oí un gemido.
¡Y qué sonido más lindo para recordar en mis noches de soledad!
Siempre te recuerdo con ternura.
Pienso en que debí acariciar tu cabello más fuerte,
sostenerte por más tiempo en mis brazos,
meter mi rostro en el hueco de tu cuello
y fundirme en él hasta desaparecer.
A veces solo hace falta un poco de ternura
para acallar las voces y apagar esos pensamientos cíclicos
que usualmente no pueden desaparecer.
La ternura, el amor y la pasión como respuesta a todo:
los repito como sermón,
los milito como revolucionaria,
me aferro a ellos como si fueran la única creencia real en este mundo.
Como si fuera lo único que queda,
rebosando de fe y capaz de mantenerme firme ante todo.
Tu ternura y comprensión
son mi salvación.
Los disfruto como el último trago de agua.
Me lleno de ellos como si fueran mi único alimento.
Mi cuerpo descansa sobre el colchón en mi habitación
y vuelvo a pensar en todas las cosas que te dije ayer.
Pero sobre todo en las que no,
en las que reservo en mi interior.
En eso que algún día, espero, podrá ser tocado por la luz.
La luz del amor.
Ojalá poder comer tus miedos,
absorberlos,
vencerlos.
“Qué complicado es el ser humano”, le repito constantemente a mis amigas.
Y algo de razón creo tener.
¿Por qué es tan difícil ceder al amor?
¿Por qué nos cuesta tanto entregarnos a lo que nuestra alma pide a gritos?
Al deseo.
A la pasión.
Al cariño.
A la destrucción del ego.
A lo mejor.
El mundo terrenal es demasiado despiadado
y el mundo espiritual aún se encuentra lejos como para alcanzarlo.
Me revuelvo entre mis sábanas, rogando volver a sentirte pronto.
Me pregunto si soy merecedora de semejantes tratos,
si soy merecedora de tu cariño.
¿Lo soy?
Mi cara se derrite sobre vos cada vez que me tocás.
Me fundo en vos.
Ojalá fuera una verdad.
Tus caricias se sienten suaves como las mentiras que me decís.
Entonces sonrío para no dejarte ir,
para que no te alejes y pienses mal de mí.
Me sonrojo de solo pensar en las noches húmedas que compartimos:
tentación,
poder,
ternura y pasión.
Todo lo necesario, lo suficiente para caer rendida en tus brazos.
Por favor, rodeame con ellos,
apretujame hasta ahogarme
y dejá morir allí mi última respiración.
¿Te haría sentir bien?
¿Te sentirías digno de ello?
Quisiera pellizcar cada pensamiento doloroso de tu interior,
resultado de malos tratos
causados por mujeres que no supieron querer bien.
Ellas nunca supieron cómo hacerlo bien:
cómo cuidarte,
tratarte,
amarte,
apreciarte.
Ellas no saben lo que yo sé.
Jamás podrían aprender.
No saben lo que es nadar contra la tormenta en busca de un poco de amor.
No rebosan de sufrimiento y dolor.
No saben nada de la mísera vida.
No son como yo.
Te has comido unos buenos golpes y caricias de la vida,
en partes iguales.
Las marcas aún son visibles desde la superficie.
Las rozo
y pienso que, además de bonitas, son admirables.
Cuánta agonía soportó ese cuerpo.
Cuánta violencia puede almacenar un alma sin pudrirse en el proceso.
Tu corazón sigue latiendo
porque soy fiel creyente de que sabe,
muy en el fondo,
que aún hay un motivo para poder hacerlo.
Aún existe un elixir por el cual continuar viviendo,
un momento de redención como regalo del universo.
Es eso lo que te mantiene tan sediento de amor.
Te aferrás a mí
y cierro mis ojos para poder memorizar lo más posible
ese olor puro que emana tu corazón.
Un abrazo en donde te siento frágil,
pequeño,
débil,
pero aún amoroso.
Aún complicado.
No lo suficientemente roto —no para mí—,
aunque tu tono de voz me quiera hacer creer lo contrario.
Podría morir allí mismo
y ya nada importaría.
Los sonidos del campo invaden la casa.
Los curiosos se asoman,
pero nosotros estamos muy hipnotizados en nuestro mundo
para poder ver más allá de los árboles
y la oscuridad que nos arropa.
No queremos irnos de allí.
No queremos salir.
—Y egoísta, hablo por los dos cuando lo narro—.
Porque hacerlo implica aceptar nuestro verdadero rumbo,
asimilar la cruda realidad.
Podría quedarme por siempre allí,
enfrente de la ventana que da al verde lugar,
observando,
esperando que el sol caiga
y la oscuridad me vuelva a visitar.
Pero esta vez no es emocional,
es real.
Entonces siento paz,
porque eso indica que es el momento
y me debo acostar.
Debo volver a vos, con vos.
A tu cálida presencia.
A ese lugar en donde, por primera vez en mucho tiempo,
pertenezco.
Acurrucada bajo tu presión muscular,
suficientemente cerca para oírte respirar,
para sentir cómo te desvanecés sobre mí,
cómo bajás la custodia.
Te dormís
e infiltrada en tu interior
logro ver a través de tus miedos.
Extasiada por tanto sentimiento,
en ese momento pienso:
no hay ser más hermoso que vos.
Un ser intacto.
Un hombre desarmado en su estado más puro.
Listo para ser corrompido otra vez,
lo suficientemente fuerte para presenciar una batalla más,
una batalla emocional de la cual jamás se podrá recuperar.
Tu rostro,
aún cubierto por el sueño,
deja ver las cicatrices de aquellos momentos traumáticos de tu infancia.
Y yo las beso para poder oír —o sentir— algo dentro de ellas.
Te acaricio con el puente de mi nariz,
rodeo mis manos sobre las cáscaras sueltas de tu piel gruesa
y solo puedo rezarle a Dios para que me mantenga un rato más allí,
para que no me expulse de aquel paraíso que,
en algún momento, solo creí posible en mis sueños.
Y le digo que sí:
que quiero probar la fruta prohibida.
Acepto sangrar a devoción
y recibir todas las balas que fueran por estar con vos,
por sentir esto una vez más,
sin importar cuánto duela en unos meses más.
Porque soy masoquista,
porque saqué la fortaleza de mi mamá.
Porque sé tratar con hombres,
porque sé amar.
Y como tengo el corazón valiente,
soy consciente de las batallas que puedo dar.
Y sin retroceder,
me animo incluso a darte más de lo que esperás.
Ya dejá de buscar,
porque ya no hay más soluciones a eso que tanto sobrepensás.
La única solución es mi cariño
y mi forma extraña de fumar.
Animate a mirar a través de mis ojos.
Animate a sumergirte en este mar
cálido y profundo,
que prometo que te voy a cuidar.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión