Una canción suena lejos. No me trae ningún recuerdo preciso ; no está ligada a ningún momento y tampoco a ninguna persona. Sin embargo, siento añoranza al escucharla. ¿Es la nostalgia de lo no vivido? Es probable. La sigo escuchando y me conmueve. Supongo que la vida es así: no vivimos todo lo que soñamos vivir y siempre habrá una lejana canción que nos haga recordar ese vacío. La canción ya se ha perdido. Una brisa no quiso que la siguiera escuchando. Se la cedió a otros oídos y a otras nostalgias.
La estuve mirando por largos minutos. En la fotografía está sonriente, feliz. Sigue siendo hermosa, no ha cambiado. Qué linda tarde; es febrero, pero tiene un dejo otoñal. Ideal para recordarla, aunque no hayamos compartido nada. La vieja y desconocida canción se filtra y crea una experiencia imposible: una tarde de febrero, ella y la canción que un día alentará un recuerdo.
Sobre el cerro se posa la última claridad del día. La forma imponente comienza a deshacerse. Hay una leve sensación de pérdida en ese punto del día; no dura demasiado. La noche, puntillada de estrellas, recoge y renueva el asombro. Nunca hay que perder el asombro: es un bastión contra lo incierto. De brisa calma y acorde de grillos, esta misma noche cederá encantada al asombro de la mañana. El tiempo dibuja un círculo a un ritmo preciso: son las estaciones y los días. Nuestro tiempo es el que divaga. Hoy fui feliz en una tarde de febrero que nunca existió.
Hugo Arce
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Hugo Arce
Escritor / Cinéfilo / Acabo de publicar un libro . Escribo sin saber hacia dónde me dirijo .
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