El día está ideal, no es domingo pero se siente como tal. Es un día de esos para proponerse a escapar sin dejar rastros. El sol está alto y solo en el cielo, el viento sopla como haciendo cosquillas y el agua suena como pequeños tamborcitos tocados por las mojarritas que viajan en cardumen como banda ambulante.
Ella está sentada en la orilla con sus piernas en el pecho. El viento le hace bailar su pelo naranja como el fuego, el sol le da una ilusión de fogata en su cabeza y le resquebraja la piel, sus pecas salen a la superficie y sus dedos estan arrugados como tela húmeda.
Ella está sentada en la orilla y mira a lo lejos preguntándose a dónde va la corriente tan apurada, qué habrá más allá del sol. Observa a lo lejos las enormes piedras que se ven pequeñas como piedrita de ripio para jugar a la rayuela.
Ella siempre quiere ir más allá, ella es un gato y la mata la curiosidad. Es una chiva que no puede quedarse quieta en un sólo lugar. Endereza sus piernas y camina al río como Alfonsina al mar, pero ella si volverá.
Se deja ayudar por la corriente que la empuja como animándola a animarse, como con palmaditas en la espalda. Ella ahora se transforma en rana y va rebotando de piedra en piedra sin tropezar, se ataja de los golpes como si fuera experta, como si ella hubiese nacido para eso. Cuando el camino se complica y el agua se revuelca con más bronca ella se pone en pie porque el río no es tan profundo, estudia el entorno y da sus siguientes pasos. Cada zancada marca los musculos de sus piernas, tiene toda la malla corrida pero no le importa porque el río no juzga. Pasa las turbulencias y nuevamente sumerge todo su cuerpo, respira el agua y sólo saca sus ojos, ahora es un cocodrilo que busca su presa, el más allá. Las piedras de rayuela van ganando inmensidad pero ella no va a parar hasta llegar y poder tocarlas, poder jugar una partida.
El agua y las piedras le divierten, se siente niña, se siente joven y hermosa, ella es una niña exploradora y sus tatuajes son sus insignias. Se topa con una piedra que sobresale y escala, descansa abrazando sus rodillas y observa lo lejos que quedo su orilla, ve lo lejos que puede llegar.
La valentía la empuja y cae al agua regando las piedras secas, ya le falta poco para llegar y sigue navegando corriente arriba, no le tiene miedo a ahogarse, ya no. Finalmente en una última zambullida llega, sale del agua haciendo un latigazo con su pelo de fuego.
Está en un lugar tan increíble que no puede poner en palabras, una pileta de rio con arena de piedras rosas como su piel. Acá la corriente es muy tranquila como el aire, en una esquina una pequeña cascadita.
Ella piensa que es un oasis aunque sabe que no es ningún oasis. Al lado de la cascada divisa unas apachetas que parecieran personas. Sigilosa se acerca y se sienta a su lado. Tiene miedo de respirar y que su propio viento las tire. No sabe si hablarles o rezarles o agradecerles, pero ella decide acompañarles en silencio. Se abraza otra vez sus rodillas, observa la sangre de sus raspones, sus nuevas insignias.
Se queda hecha de piedra, observa otra vez su orilla que ahora también es una piedrita de ripio. Respira todo el aire limpio que está a su alrededor para abastecer sus pulmones de por vida. El agua empieza a rebalsar de sus ojos y hace un pacto con el río, ahora son uno los dos. Llora porque logró saber qué había más allá.
Se enjuaga la cara y ve algo anaranjado en la arena "soy yo" dice y toma el pedazo de ladrillo pulido por el agua. Como si de cristal se tratara lo coloca en la apacheta, le agrega su color al gris piedra.
Lentamente se aleja y empeña su partida de rayuela para volver a su orilla.
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