Un nombre más.
Jul 6, 2026
Hay quienes dicen que el azar sólo existe en los juegos. Yo creo que nació mucho antes, el día en que una mujer salió de su casa y otra, haciendo exactamente el mismo recorrido, logró volver. Desde entonces vivimos confundiendo la fortuna con la libertad.
Nos gusta pensar que el mundo responde a una lógica: que las cosas malas encuentran siempre una explicación justa, que el bien protege y el mal castiga. Pero basta observar un país como el nuestro para descubrir que la realidad no conoce la justicia. Sólo conoce la probabilidad.
Qué extraña especie somos. Lloramos cuando un edificio se derrumba por causas naturales, pero aprendimos a convivir con el derrumbe cotidiano de las mujeres como si fuera parte del paisaje. Hay personas que desaparecen con tanta frecuencia que el horror ha dejado de sorprendernos. Cuando una tragedia logra repetirse todos los días y aún así deja de escandalizar, deja de ser únicamente una tragedia: se convierte en costumbre. Y no existe monstruo más peligroso que una costumbre.
Hay niñas que todavía no aprenden a escribir su nombre completo y ya corren el riesgo de que alguien las reduzca a una carpeta olvidada. Hay madres que envejecen buscando a sus hijas, mientras el tiempo demuestra que la memoria de un país puede morir mucho antes que sus habitantes. Quizá la violencia no comienza cuando alguien aprieta unas manos alrededor de un cuello, quizá comienza mucho antes, cuando una vida deja de ser irrepetible y empieza a sentirse reemplazable. Porque sólo aquello que consideramos desechable puede olvidarse con tanta facilidad.
Resulta curioso que un partido de fútbol sea capaz de detener ciudades enteras. Cuatro años de espera bastan para organizar celebraciones, desplegar seguridad y recordar que el orden sí puede existir cuando algo se considera importante. Mientras tanto, hay ausencias que suceden todos los días. Todos los días.
Y aun así hay quien pide que el dolor espere su turno. Como si el sufrimiento pudiera mudarse de banqueta para no arruinarlo.
A veces me pregunto cuántas vidas hacen falta para que una sociedad admita que ya no está enferma, sino acostumbrada. Porque el problema nunca ha sido la incapacidad de proteger,es la facilidad con la que se decide a quién vale la pena proteger.
No puedo evitar pensar en las personas que me importan, incluso en mi. Me aterra descubrir que entre cualquiera de ellas y un cartel pegado en un poste no existe un muro, una virtud o una promesa de justicia, sólo existe un accidente del destino.
Y quizá esa sea la idea más insoportable de todas: que la diferencia entre un abrazo de bienvenida y una búsqueda interminable no sea la prudencia, ni la inteligencia, ni la fuerza, sino el capricho de haber estado, por un instante, del lado correcto de la moneda.
Qué frágil debe ser una civilización cuando el derecho más básico de una mujer depende menos de la justicia que de la suerte.
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