Un jueves cualquiera,
un día soleado,
pajaritos cantando,
los autos pasando.
Música,
gente,
charlas y risas.
Olor a comida,
olor a verano.
Y sin embargo,
mi pecho apretado
y mis ojos aguados
piden, por favor,
un alto.
Es loco pensar
que una puede esperar
que la tristeza llegue
un domingo a la noche,
cuando nada se oye,
cuando el dolor en los ojos desborde,
cuando solo murmuran las voces
lo que al corazón lo destroce,
cuando las penumbras hacen presencia
y, entre vacíos y ausencias,
exigimos, torpemente, coherencia.
Un cliché amargo,
de lo más limitado.
Porque debo decir, lamentando,
que en un jueves cualquiera, soleado,
mi corazón está llorando.
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